¿Qué decía Platón sobre la memoria?

La Luz y la Memoria: Metáforas Filosóficas

10/12/2023

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Desde los albores del pensamiento, las metáforas han sido herramientas esenciales para desentrañar los misterios más profundos de la existencia humana y el conocimiento. Son puentes conceptuales que nos permiten visualizar ideas abstractas, haciéndolas tangibles y comprensibles. Entre las más influyentes, la alegoría de la caverna de Platón se erige como un pilar fundamental, donde la luz no es solo un fenómeno físico, sino el faro que guía hacia la verdad. Paralelamente, la memoria, esa facultad intrínseca que nos ancla a nuestro pasado y forma nuestra identidad, ha sido objeto de profunda reflexión, revelando facetas inesperadas a través de las lentes de pensadores como Platón y escritores como Marcel Proust. Este recorrido nos invita a explorar cómo estas dos potentes metáforas, la luz como revelación y la memoria como recuperación, moldean nuestra percepción de la realidad y el saber.

¿Qué metáfora utiliza Platón para describir el alma humana?
En el diálogo del Fedro, Platón compara el alma humana con un coche tripulado por un auriga tirado por dos caballos. A uno de los caballos lo describe como excelente y de buena raza (se le representa como un corcel de color blanco) y al otro como muy diferente del primero, de distinto origen (de color negro).
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La Luz en la Caverna de Platón: El Faro de la Comprensión

La famosa alegoría de la caverna de Platón, expuesta en su obra La República, es una de las metáforas más perdurables de la filosofía occidental. En ella, un grupo de prisioneros encadenados desde su nacimiento solo puede ver las sombras proyectadas en la pared de una cueva, creyendo que estas sombras son la única realidad. Detrás de ellos, un fuego ilumina la escena, y entre el fuego y los prisioneros, pasan objetos que generan esas sombras. El viaje de liberación de un prisionero, su ascenso fuera de la caverna y su confrontación con el mundo exterior, es una profunda alegoría sobre la educación, la verdad y la dificultad de alcanzar el conocimiento auténtico.

En este contexto, la luz representa mucho más que una simple iluminación. Es, por un lado, aquello que permite que lo inteligible sea realmente pensable. Es la condición de posibilidad para que las Formas o Ideas, que habitan el mundo inteligible (el mundo fuera de la caverna), sean accesibles a la mente humana. Sin luz, las Ideas permanecerían en la oscuridad, incomprensibles e inalcanzables. Así, la luz mienta originariamente lo que permite que algo se coloque ante el dominio de lo sensible o mirada sensible, por un lado; y ante el dominio de lo pensable, por el otro, tal cual lo expone Platón. Es la chispa que enciende la razón y la comprensión.

Cuando el prisionero liberado asciende y mira directamente al Sol, la luz cegadora inicial se transforma, a medida que sus ojos se acostumbran, en la fuente de la verdadera visión, de la verdadera comprensión. El Sol, en esta metáfora, simboliza la Idea del Bien, la fuente última de toda verdad y conocimiento. La luz es, por tanto, el medio por el cual el ser humano puede pasar de la ignorancia (las sombras de la caverna) al conocimiento (la realidad exterior), de la opinión (doxa) a la ciencia (episteme). Es la guía indispensable para aquellos que buscan la sabiduría y la verdad más allá de las apariencias.

La Memoria Platónica: Un Eco del Mundo de las Ideas

Platón, en la Antigüedad, consideró que la memoria es una facultad central y fundamental de los seres humanos. Para él, la memoria no era simplemente la capacidad de recordar hechos o experiencias pasadas, sino el medio a través del cual el alma humana podía acceder a los conocimientos eternos y universales que había contemplado en el mundo suprasensible de las Ideas antes de encarnarse. Esta teoría, conocida como anamnesis o reminiscencia, sostiene que aprender es, en realidad, recordar lo que el alma ya sabía.

El diálogo de El Menón es el ejemplo paradigmático que Platón utiliza para ilustrar esta teoría. En él, Sócrates, a través de una serie de preguntas cuidadosamente formuladas, guía a un esclavo analfabeto para que "descubra" por sí mismo un complejo teorema geométrico sobre la duplicación de un cuadrado. El esclavo, sin haber tenido educación formal en geometría, logra llegar a la respuesta correcta. Para Platón, esto no era una prueba de ingenio o de capacidad lógica innata, sino la confirmación de que el alma del esclavo ya poseía ese conocimiento, habiéndolo olvidado al nacer, y que las preguntas de Sócrates simplemente actuaron como un catalizador para que lo recordara.

Sin embargo, este ejemplo que expone Platón, para tratar de probar su teoría de que los conocimientos sobre la esencia de las cosas de la vida y el mundo, que tienen los seres humanos, los adquieren, recordando las ideas generales que los reflejan, y, que, sus almas aprendieron cuando, antes de nacer físicamente, habitaban el mundo de las ideas, es un hecho excepcional y muy escaso. Es un ejemplo que no se puede aplicar a todos tipos o formas de conocimientos. Solo, a aquellos matemáticos bastante simples que cualquier persona puede hallar, si recibe ordenadamente, como el esclavo Menón, las preguntas adecuadas y correctas que le activan su capacidad racional lógica deductiva. Por lo tanto, en este caso, esa persona no recuerda, como pretende Platón, un conocimiento que había adquirido su alma antes de nacer, sino, simplemente, los obtiene por primera vez, usando su capacidad lógica-deductiva dirigida correctamente por la serie de preguntas que recibe.

En efecto, es posible que alguien, que ignora un conocimiento científico, en especial matemático, determinado pueda, finalmente, identificarlo, siguiendo una sucesión lógica y ordenada de preguntas, que enlacen un razonamiento. Pues, cada pregunta bien hecha que se le formule a esa persona, lo conduce a activar, no tanto su memoria, como sostiene Platón, sino su capacidad racional. Y, al activarla puede deducir, al final de las preguntas que recibe, el contenido de ese conocimiento. De tal manera, que, el hecho, que este esclavo logre, al final de las preguntas, que recibe, dar la respuesta acertada, no prueba que su alma ya la supiera desde antes de nacer, sino, más bien, el poder lógico-deductivo de su razón. Entonces, este ejemplo que da Platón con el trata de probar su teoría de que los conocimientos que tienen los seres humanos son el recuerdo de las ideas esenciales que sus almas antes de nacer contemplaron en el mundo suprasensible de las ideas, no la prueba en realidad. Y, al no probarla, su teoría del conocimiento pierde la posibilidad de ser verdadera. A lo sumo, se convierte en una teoría puramente especulativa del proceso cognoscitivo de los seres humanos.

Sin embargo, a pesar de esta falta de fundamento real de esta teoría en todos los casos, contiene un núcleo racional válido: el de que los seres humanos solo aprenden de verdad una idea o conocimiento cuando lo recuerdan, cuando son capaces de repetirlo y exponerlo ante sí mismos o ante otros. Al recordarlo, confirman que efectivamente lo han aprendido e interiorizado en sus mentes. Es en ese momento que prueban que lo saben. Pues, alguien demuestra que ha aprendido un conocimiento cada vez que lo revive en su memoria para describir o explicar algo de la realidad o para usarlo en sus labores prácticas. La memoria, en este sentido, es la confirmación y la validación del aprendizaje.

El Despertar de la Memoria Involuntaria: Proust y la Magdalena

A comienzos del siglo pasado, el gran escritor francés Marcel Proust, en su monumental y extensa novela En busca del tiempo perdido, afirmó, también, la primacía de la memoria en la existencia de los hombres. Pero, no de la memoria que les permite recordar los conocimientos esenciales de carácter científico o filosófico que han aprendido o que ya saben, o, informaciones sobre múltiples y diversos hechos que conoce, sino, aquella que se despierta, y, opera cuando consume de nuevo unas bebidas y alimentos, como una taza de té o una magdalena, que solía consumir con frecuencia en familia o con grupo de amigos, o, conocidos en el pasado de su infancia y juventud. Una memoria, que denomina involuntaria, porque, precisamente, se activa por la presencia sensorial o sensible de estos alimentos cuya forma, colores, sabores y aromas, le despiertan, los recuerdos de lo vivido alguna vez con las personas que las consumían. Recuerdos, que se hacen presentes en la superficie de su conciencia, tornándose vivos, claros y distintos.

En efecto, dice Proust, en el famoso pasaje en que expone esta concepción de la memoria del primer libro de su novela Por los caminos de Swann:

“¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”.

Esta poderosa descripción revela la esencia de la memoria involuntaria: no es un acto consciente de recuperación, sino una irrupción espontánea del pasado a través de un estímulo sensorial. Es la memoria que nos conecta con la atmósfera emocional de un momento, con la esencia de una experiencia, más allá de los hechos concretos.

El Eco Proustiano en América Latina: García Márquez y el Olor de la Guayaba

La universalidad de la experiencia proustiana se manifiesta en otras grandes figuras de la literatura. Gabriel García Márquez, el célebre Nobel colombiano, dijo alguna vez que su país Colombia era «El olor de la guayaba», el olor de una de las frutas más comunes y populares del país. Es decir, que al sentir el olor y el aroma de esta fruta, se le hacían presentes en su mente, recordaba, no solo ese lugar o territorio físico-geográfico, la casa y la población donde nació, y, pasó su infancia, sino también, las múltiples vivencias que había tenido en él, las muchas de las personas que había conocido o tratado, las labores que había realizado, las expresiones culturales que amaba, etc. En una palabra, le aparecían ante sí, cuando percibía ese olor, la totalidad múltiple del universo físico, humano y socio-cultural, al que, originalmente, pertenecía, y, en el que había tenido significativas vivencias.

De ahí, que a García Márquez le ocurrió seguramente lo mismo que a Proust con el té y la magdalena: se le activó su memoria involuntaria, para recordar lo vivido en su país, la memoria que les permitió, hacer brotar del sabor de una sencilla fruta, todo un mundo rico de vivencias y recuerdos. Y como él, la convirtió en la fuente y materia originaria, que le sirvió de fondo, para escribir, gran parte de su obra literaria. Y, que, por supuesto, empleó para escribir las memorias de su vida en su libro Vivir para contarla.

Pero además, esta experiencia, que mostró y describió tan bien Proust, la viven todos los seres humanos; es una experiencia universal, que los identifica con gran fuerza. Los sabores y aromas de los alimentos, que, habitualmente, consumen en su niñez y adolescencia, se convierten en portadores mudos, pero inmensamente elocuentes, de las vivencias más significativas que tuvieron, porque los llevan consigo durante todas sus vidas. Cada vez, que, en el curso posterior del tiempo de sus vidas, los vuelven a sentir al consumirlos, sienten, que regresan a los lugares, momentos y situaciones, en los que, en el pasado, las consumieron con frecuencia. Transportados, por el sabor y el aroma de esos alimentos, regresan al pasado de sus vidas, para revivir en sus mentes el recuerdo de las vivencias que rodearon ese consumo. O, lo que es lo mismo, sienten que ese pasado distante regresa a sus vidas actuales, hace presencia viva en el presente de sus existencias, suprimiendo o borrando la natural distancia temporal que los separa. Por eso, los alimentos que consumimos desde la niñez, no solo nos sirven para conservar nuestras vidas naturales, sino también, para conservar y renovar el sentido de nuestras existencias, ayudándonos a revivir o recordar las vivencias más significativas del pasado.

Dos Visiones de la Memoria: Un Cuadro Comparativo

Las concepciones de memoria de Platón y Proust, aunque distintas en su naturaleza y activación, revelan la complejidad y riqueza de esta facultad humana. Mientras Platón se enfoca en la recuperación de verdades universales, Proust explora la resurrección de la experiencia vivida. La siguiente tabla comparativa resume sus principales diferencias:

CriterioMemoria Platónica (Anamnesis)Memoria Proustiana (Involuntaria)
NaturalezaIntelectual, racional, consciente.Sensorial, emocional, subconsciente.
ActivaciónMediante preguntas lógicas y razonamiento dialéctico.Por estímulos sensoriales inesperados (sabor, olor, sonido).
ContenidoConocimientos esenciales, Ideas universales, verdades eternas.Experiencias vividas, emociones, atmósferas del pasado, la esencia del tiempo perdido.
PropósitoAcceder a la verdad, aprender lo que el alma ya sabía.Revivir el pasado de forma vívida, reconstruir la identidad personal a través del recuerdo.
Ejemplo ClaveEl diálogo de Sócrates con el esclavo en El Menón.El sabor de la magdalena mojada en té.

De tal manera, que la memoria a la que se refiere Platón, es, en realidad, la facultad propia de todo ser humano de recordar un conocimiento o información de algo que ya se conoce, y, que se activa al recibir una o unas preguntas lógicamente correctas. La pregunta bien hecha, tiene el poder de activar esta facultad esencial de los seres humanos, para que se hagan presentes de nuevo en sus consciencias, los conocimientos que han aprendido previamente. En cambio, la memoria de la que nos habla Proust, y, que, convierte en uno de los ejes centrales de la vida de los personajes de su gran novela, es la que se activa natural e inesperadamente, en una persona, al tener contacto sensible con algo que estuvo, frecuente o constantemente presente en su vida cotidiana en el pasado. El recuerdo, no nace de algo ya sabido conscientemente, sino de algo vivido gracias a la presencia y acción de un objeto sensible como los alimentos y bebidas. Son dos formas de memoria propias de los seres humanos, la primera activada por preguntas bien formuladas, y, la segunda, por la presencia de nuevo de un objeto sensible significativo en el pasado de sus vidas, que estos dos grandes protagonistas del pensamiento y la cultura nos mostraron y enseñaron.

Preguntas Frecuentes sobre la Memoria y las Metáforas

¿Por qué son importantes las metáforas en filosofía?

Las metáforas son cruciales en filosofía porque permiten expresar ideas complejas y abstractas de una manera más accesible y vívida. Ayudan a visualizar conceptos, a establecer conexiones entre diferentes dominios del conocimiento y a estimular la imaginación, facilitando así la comprensión y la reflexión crítica. La alegoría de la caverna de Platón es un claro ejemplo de cómo una metáfora puede encapsular un sistema filosófico completo.

¿La memoria es solo recordar conocimientos o hechos?

Como hemos visto con Platón y Proust, la memoria trasciende el mero recuerdo de datos o hechos. Para Platón, es una vía para acceder a verdades universales y esenciales. Para Proust, es una puerta a la experiencia emocional y sensorial del pasado, fundamental para la identidad y la percepción del tiempo. La memoria es, por tanto, una facultad multifacética que abarca tanto lo intelectual como lo emocional y lo experiencial.

¿Puede la memoria involuntaria ser una fuente de creatividad?

Definitivamente. La memoria involuntaria, al traer a la conciencia recuerdos vívidos y sensoriales del pasado de forma inesperada, puede ser una poderosa fuente de inspiración. Como demostraron Marcel Proust y Gabriel García Márquez, estos destellos del pasado pueden nutrir la imaginación, proporcionar material para la narrativa, la poesía o cualquier forma de arte, y permitir a los creadores explorar temas profundos sobre la identidad, el tiempo y la experiencia humana.

¿Cómo se relaciona la luz en la caverna con el aprendizaje?

La luz en la alegoría de la caverna de Platón es una metáfora directa del conocimiento y la verdad. Representa la iluminación intelectual que permite al individuo percibir la realidad tal como es, más allá de las meras apariencias o sombras. El proceso de salir de la oscuridad de la caverna hacia la luz del Sol simboliza el camino del aprendizaje y la educación, donde la mente se entrena para comprender las Ideas y la Idea del Bien, que es la fuente de todo conocimiento y moralidad. Es un viaje hacia la comprensión profunda y la sabiduría.

Conclusión

Las metáforas de la luz de Platón y las diversas concepciones de la memoria, tanto la intelectual de Platón como la involuntaria de Proust, nos ofrecen perspectivas profundas sobre la naturaleza del conocimiento y la experiencia humana. La luz platónica nos insta a buscar la verdad más allá de las apariencias, guiándonos hacia un entendimiento más profundo de lo inteligible. Por otro lado, las teorías de la memoria nos revelan que nuestro pasado no es un mero archivo de datos, sino un entramado vivo que se entrelaza con nuestro presente y define nuestra identidad. Mientras Platón nos desafía a recordar verdades eternas, Proust nos invita a abrazar la riqueza inesperada de nuestros recuerdos sensoriales. Ambas visiones, aunque distintas, subrayan la complejidad de la mente humana y su asombrosa capacidad para comprender el mundo y a sí misma a través de la evocación y la revelación. La memoria, en sus múltiples formas, se erige así como un pilar fundamental de nuestra existencia, un puente entre el tiempo perdido y el presente vivido, siempre esperando ser activada por una pregunta certera o por el sutil aroma de una magdalena.

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