26/12/2020
La literatura posee una capacidad inigualable para explorar las profundidades de la experiencia humana, a menudo desafiando nuestras percepciones convencionales y obligándonos a mirar más allá de lo evidente. En este contexto, “Dos veces junio” de Martín Kohan, publicada en 2002, emerge como una obra fundamental en la narrativa contemporánea argentina, no solo por su calidad literaria, sino por su audaz aproximación a uno de los períodos más oscuros de la historia del país: la última dictadura cívico-militar. La novela no se entrega al lector de forma explícita; al contrario, exige un papel activo de desciframiento, una lectura analítica que desvela los contenidos implícitos a través de un recurso estilístico y narrativo central: el desplazamiento. Este mecanismo, lejos de ser una simple técnica, se convierte en el lente a través del cual se revela una verdad incómoda y perturbadora, obligando al lector a participar en la construcción del significado. Pero, ¿quién es el protagonista de esta compleja trama y cómo su perspectiva nos guía a través de este intrincado laberinto de lo no dicho?
El Conscripto y la Voz Inaudita: Un Protagonista Incómodo
El protagonista de “Dos veces junio” es un conscripto del año 1978. Este joven, cuya identidad personal se mantiene en el anonimato y solo se define por su función social –ser un conscripto sorteado para la “colimba”–, es el chofer de un médico militar, el doctor Mesiano, durante su servicio militar. Cuatro años después, en 1982, lo reencuentra, marcando las dos partes de la novela: “Diez del seis” y “Treinta del seis (epílogo)”, que aluden a dos días específicos de junio. La elección de este personaje, un "cómplice del cómplice" y el escalón más bajo de la jerarquía militar, es una decisión narrativa audaz y deliberada por parte de Kohan. Tradicionalmente, los relatos sobre períodos traumáticos suelen dar voz a las víctimas. Sin embargo, aquí presenciamos un significativo desplazamiento: la voz de la víctima queda en un segundo plano, y es el conscripto, un testigo impensable y complaciente, quien narra en primera persona.

Lo impactante de este protagonista es su ausencia de remordimiento o crítica hacia los actos de su superior. Muy al contrario, el conscripto expresa orgullo y satisfacción al servir al doctor Mesiano, incluso cuando le asiste en procedimientos que el lector infiere como torturas. Frases como “Yo sentía un gran orgullo por la manera en que el doctor Mesiano confiaba en mí” o la alegría de ser calificado como “asistente” frente a otro médico, demuestran la profunda influencia que la institución militar y sus superiores ejercen sobre su formación moral y ética. Esta complacencia es clave para entender el mecanismo del desplazamiento narrativo: la novela reproduce el discurso del opresor, no para justificarlo, sino para facilitar la entrada del lector en “la cloaca de una conciencia enfermiza y criminal”. Martín Kohan defiende esta elección, argumentando que le interesaba trabajar con “ese otro punto de vista que es despreciable desde el punto de vista real”, explorando “esas formas grises más ligadas a la complicidad social que a lo que puede ser la figura del torturador”. Así, el conscripto se convierte en un arquetipo, un espejo de la complicidad pasiva que sostuvo el régimen.
El Lenguaje del Represor: Eufemismos y la Banalidad del Mal
Uno de los mecanismos más potentes de desplazamiento en la novela es la utilización del lenguaje del represor, un lenguaje modelado por el discurso implícito y, sobre todo, invadido por los eufemismos. Un eufemismo es la atenuación de una verdad o una realidad que se elige disfrazar porque atañe a ámbitos tabúes. En “Dos veces junio”, el hecho de negarse a llamar la tortura por su nombre no solo niega su existencia, sino que crea otra realidad: una en la que los crímenes se vuelven temas cotidianos, una realidad donde el mal se ha vuelto banal, en la línea de la teorización de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal.
La novela está plagada de ejemplos de cómo la tortura es designada de formas distintas, aproximando estos actos criminales al ámbito científico y médico. Expresiones como “el asunto médico”, “este tipo de consultas técnicas”, “¿a partir de qué edad se puede comenzar a proceder con un niño?” o “en nada afectaba la calidad del procedimiento. Esta ciencia…” son utilizadas por los personajes para referirse a la tortura. Estas frases no solo blanquean los actos, sino que los elevan a la categoría de “ciencia” o “técnica” que no todos saben ejercer. Se opera una corrupción de la misión de la medicina, donde las recomendaciones médicas no buscan mejorar la salud del paciente, sino preservar su vida para obtener confesiones. Este vaciamiento del contenido semántico de las palabras es una manifestación directa de la banalidad del mal, donde los actos más abyectos se enuncian como meros procedimientos técnicos sin consecuencias morales. La elección narrativa de no describir las torturas a través de la voz de la víctima o de un narrador objetivo, sino de darlas a entender mediante la voz de un cómplice del torturador, constituye una modalidad sutil pero poderosa de lo implícito.
Metáforas Ocultas y Realidades Veladas
El desplazamiento también se manifiesta a través de tropos metafóricos que obligan al lector a una lectura inferencial. Un ejemplo notable ocurre cuando el protagonista se encuentra frente a un muro y escucha ruidos. Inicialmente, asocia estos sonidos con ratas y gatos, describiendo cómo “sonaban como los pasos de una persona que deambulara sin ningún lugar adonde ir” o cómo los chillidos de las ratas “se parecían mucho a los gemidos de una persona que quiere y no puede contener un sollozo”. Luego, atribuye un golpe en la pared a un gato cazando una rata, pero inmediatamente piensa en “una persona que daba una trompada en una pared”.
Esta descripción, aparentemente inocente, es una metáfora poderosa. Los ruidos de ratas y gatos se comparan a los de seres humanos, creando una analogía entre cazador y cazado, víctima y agresor. La comprensión implícita es que estos ruidos son, en realidad, los sonidos producidos por detenidos y guardianes dentro de un Centro Clandestino de Detención. Esta construcción narrativa apela a la competencia enciclopédica del lector, que puede conocer la existencia de estos centros en Buenos Aires o incluso la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman, donde los judíos son representados como ratones y los nazis como gatos, estableciendo así una clara intertextualidad. La metáfora se convierte en un velo que oculta la brutalidad, pero a la vez, por su misma naturaleza de “desvío de sentido”, la subraya y la hace aún más perturbadora.
Desplazando el Foco: Fútbol, Dictadura y Memoria Colectiva
Uno de los desplazamientos más ingeniosos y significativos de la novela ocurre a nivel de los acontecimientos históricos. Las dos fechas que dan título a las partes de la novela, 10 de junio de 1978 y 30 de junio de 1982, refieren a dos partidos de la Copa Mundial de Fútbol que involucraban a la selección argentina. El primero ocurre dos años después del golpe de Estado de 1976; el segundo, justo después de la derrota de Argentina en la Guerra de Malvinas. Es decir, la trama ubica al lector en medio de acontecimientos histórico-políticos mayores, pero estos apenas se mencionan explícitamente en la narración. En cambio, el foco se pone en los partidos de fútbol, eventos aparentemente menores desde una perspectiva histórica-política.
Las fechas de los años (1978 y 1982) están "escondidas" en los títulos cifrados de los capítulos, mientras que las fechas de los partidos de fútbol encabezan las dos grandes secciones de la novela. Esta disposición establece una jerarquía aparente en desfavor de lo político. Sin embargo, esta elección es una forma de desplazamiento que persigue un objetivo profundo: Martín Kohan busca insistir en la importancia de los acontecimientos políticos cuya magnitud ya en su tiempo fue ocultada detrás del fervor deportivo. Palabras como “Ford Falcón” o “guerrilleras” remiten al imaginario colectivo de la dictadura, y la Guerra de Malvinas se deduce de la lectura de listas de caídos en combate. La novela “repite las cosas” –como sugiere su título–, volviéndolas más chocantes e inteligibles precisamente por esta repetición que subraya la forma en que la dictadura operaba su ocultamiento. El siguiente cuadro comparativo ilustra este mecanismo:
| Elemento en Primer Plano (Explícito) | Realidad Desplazada (Implícita) | Mecanismo de Desplazamiento |
|---|---|---|
| Fechas de partidos de fútbol (10/06/78, 30/06/82) | Contexto de la dictadura argentina y la Guerra de Malvinas | Focalización en eventos deportivos para velar o reflejar la distracción masiva de la época. |
| Lenguaje "médico" o "técnico" | Actos de tortura y represión sistemática | Eufemismos y neutralización del significado para banalizar el mal. |
| Ruidos de animales (ratas, gatos) | Sonidos de detenidos y torturadores en CCDs | Metáforas que evocan la relación víctima-agresor sin nombrarla directamente. |
| Preocupación por una falta de ortografía | Horror del contenido de una pregunta sobre tortura infantil | Desplazamiento de la reacción: foco en lo trivial para evitar lo traumático. |
Reacciones Inesperadas y Confusiones Deliberadas
El conscripto, como vehículo del desplazamiento, exhibe reacciones que resultan chocantes por su aparente desproporción. Al inicio de la novela, se le presenta una pregunta que contiene un error ortográfico: “¿A partir de qué edad se puede empesar (sic) a torturar a un niño?”. La reacción del conscripto se focaliza exclusivamente en la falta de ortografía, que lo “contraría” profundamente. Dedica varias páginas a corregir mentalmente este error y a sentir culpabilidad por haberlo hecho, temiendo haber corregido a un superior. Sin embargo, ni siquiera dedica un comentario al contenido explícito o implícito de la pregunta. Aquí se produce un “golpe presuposicional”: el contenido implícito –“se puede torturar a un niño”– es mucho más importante que el contenido explícito. El lector espera una reacción de horror, pero se encuentra con una reacción desplazada hacia un objeto trivial, la ortografía. Este desfase genera un malestar que subraya la normalización del horror en la mente del protagonista.

Otro ejemplo de desplazamiento se observa en la confusión entre dos mujeres que marcan emotivamente al conscripto: la prostituta y la detenida. Ninguna tiene nombre, lo que las convierte en entidades que representan tipos de mujeres a merced de la violencia masculina. Las descripciones de una bien podrían aplicar a la otra, provocando una confusión intencional en la mente del conscripto y del lector. La frase “un cuerpo desnudo que se entregaba sin reservas (…) y sin embargo (…) de esa mujer desnuda no había manera de obtener una verdad” podría referirse tanto a la falta de autenticidad en el acto sexual como a la reticencia de la detenida a confesar. Esta ambigüedad culmina en el sueño final del conscripto, donde la mujer de sus sueños, que él cree identificar como la prostituta, se presenta como una “mujer de rostro difuso, una mujer indefinida”, una mezcla de ambas. Este fenómeno se asemeja a un mecanismo psíquico de transferencia o de ocultamiento, una forma de protegerse del trauma.
Finalmente, el desplazamiento se manifiesta en la descripción exagerada de la salida de un estadio de fútbol. La multitud se describe como una “infinita marcha fúnebre”, una “larga procesión de cabizbajos” con “tristeza multiplicada por miles”, “mudas en su desolación” e “incrédulos” ante lo que acababan de ver. Esta descripción, que evoca un estado de shock y la imposibilidad de procesar una experiencia traumática, es desproporcionada para una simple derrota deportiva. El lector infiere que este léxico es más adecuado para describir el estado de los detenidos liberados de los CCD, o la conmoción de los argentinos al conocer la verdad sobre la dictadura. La exageración es deliberada y portadora de sentido, ya que provoca una reacción en el lector, quien percibe el desplazamiento y se interroga sobre el verdadero objeto de esta angustiosa descripción.
Un último y contundente ejemplo de desplazamiento de la información ocurre con la identidad de un niño. En el capítulo seis de la Segunda Parte, el protagonista visita a la familia del doctor Mesiano tras la muerte del hijo del doctor en la Guerra de Malvinas. La narración se detiene obsesivamente en la repetición de nombres propios y lazos familiares relacionados con el doctor Mesiano. Sin embargo, la clave reside en los nombres del niño: la familia lo llama Antonio, mientras que el narrador utiliza Guillermo. Este aparente “error” del narrador implica un esfuerzo de memoria por parte del lector, quien debe recordar que la detenida, al dar a luz, eligió el nombre de Guillermo para su recién nacido. El desplazamiento aquí radica en que el narrador insiste en la presentación de personajes cuya identidad no es problemática, para luego interpelar al lector sobre la identidad problemática y robada del niño, revelando así uno de los crímenes más atroces de la dictadura: el robo de bebés.
Preguntas Frecuentes sobre "Dos veces junio" y el Desplazamiento
- ¿Quién es el protagonista de la novela "Dos veces junio"?
El protagonista es un conscripto anónimo del año 1978, quien sirve como chofer de un médico militar implicado en la represión de la dictadura argentina. Su perspectiva es la de un "cómplice del cómplice", lo que ofrece un punto de vista inusual y perturbador. - ¿Qué es el "desplazamiento" en la narrativa de Martín Kohan?
El desplazamiento es un recurso estilístico y narrativo que implica atribuir afectos, reacciones o interpretaciones a un objeto o tema "equivocado" o secundario, mientras el verdadero contenido o trauma permanece implícito. Esto obliga al lector a un esfuerzo de desciframiento para entender el mensaje subyacente. - ¿Cómo aborda la novela la dictadura argentina si no la menciona directamente?
La novela aborda la dictadura de manera implícita, a través de la perspectiva del conscripto cómplice, el uso de eufemismos, metáforas sutiles, la focalización en eventos deportivos para velar los históricos, y la representación de la "banalidad del mal". El lector debe reconstruir la realidad de la represión a partir de indicios y omisiones. - ¿Por qué Martín Kohan elige un protagonista cómplice en lugar de una víctima?
El autor ha explicado que su interés radicaba en explorar "formas grises más ligadas a la complicidad social" y en trabajar con un punto de vista "despreciable desde el punto de vista real", lo que le ofrecía mayores posibilidades literarias para analizar la complejidad del horror y la memoria social.
Conclusión: El Lenguaje de la Memoria a Contrapelo
En “Dos veces junio”, el desplazamiento no es solo una técnica narrativa; es una modalidad expresiva de lo implícito que logra una profunda resonancia en el lector. Al atribuir explícitamente afectos, reacciones e interpretaciones a objetos “equivocados”, la novela genera un malestar, un desfase que obliga al receptor a cuestionar la aparente normalidad del mensaje. Este recurso transforma al lector en un detective, un descifrador activo que debe ir más allá de la superficie para aprehender el horror.
Todas las formas de lo implícito analizadas en esta obra comparten una manipulación del lenguaje, tanto a nivel intradiegético (dentro de la historia) como extradiegético (en la construcción de la narración). Como señaló el filólogo Víctor Klemperer, el lenguaje es “el medio de propaganda más potente, más público y más secreto”. La novela de Martín Kohan, al adoptar el punto de vista de un miembro del ejército y al jugar narrativamente con el lenguaje, recrea de manera verosímil la atmósfera y el discurso de la dictadura. Permite una comprensión más profunda del pasado reciente argentino, demostrando que la manipulación del lenguaje puede ser una herramienta literaria al servicio de la verdad. La distancia crítica que la novela impone al lector, junto con la elección de un protagonista cómplice del victimario, forja un “lenguaje de la memoria” inusual y potente.
Más allá del cuestionamiento sobre el sentido de la novela, “Dos veces junio” nos invita a una reflexión más amplia sobre nosotros mismos, como lectores y ciudadanos, y nuestra posible manipulación por el lenguaje, nuestra potencial complicidad con regímenes dictatoriales. Como el propio autor expresa: “A mí lo que me interesa es tomar materiales que tienen ya una carga de significación fuerte para el lector. (…) En el imaginario victorioso del mundial ver sólo la noche que Argentina pierde, trabajar el mundial desde la memoria, como la formula más simplificada de ir a contramano de una memoria social. (…) Trabajar la noche de la derrota y nada más me parecía una manera de poner a la literatura a contrapelo de la memoria social.” Esta novela es un recordatorio de que la literatura puede y debe ir a contrapelo, desafiando las narrativas establecidas para revelar las verdades más incómodas.
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