19/12/2020
En el vasto universo de la crítica y la teoría del arte, pocas voces han resonado con la lucidez y la profundidad de Susan Sontag. Su ensayo seminal "Sobre el estilo" (1965) desmanteló nociones arraigadas y ofreció una perspectiva radicalmente nueva sobre la naturaleza del arte, el papel del estilo y la intrínseca relación entre la obra y nuestra experiencia de ella. Sontag nos invita a despojarnos de prejuicios y a mirar el arte no como una mera declaración o un recipiente de contenido, sino como una entidad vibrante y autónoma, cuya propia existencia es su justificación.

La Inseparable Danza de Estilo y Contenido
Desde tiempos inmemoriales, la crítica ha luchado con la dicotomía entre estilo y contenido. Se ha convertido casi en un dogma intelectual afirmar que son inseparables, que el estilo de un autor es un aspecto orgánico de su obra, nunca algo puramente “decorativo”. Sin embargo, Sontag observa con aguda perspicacia que, en la práctica, esta antigua antítesis persiste inquebrantable. La mayoría de los críticos, a pesar de sus declaraciones teóricas, continúan aplicando la dicotomía al analizar obras concretas. Se encuentran atrapados en una distinción que, aunque teóricamente rechazada, sostiene la estructura de su discurso crítico y perpetúa ciertos intereses intelectuales.
Sontag argumenta que es difícil referirse al estilo sin implicar, consciente o inconscientemente, que es algo meramente accesorio o decorativo. La noción misma de “estilo” parece obligar a invocar su antítesis con “algo más”. Un estilo intrincado a menudo se percibe con ambivalencia, sospechando una falta de sinceridad o una intrusión del artista en sus materiales, que deberían presentarse “en estado puro”. Esta visión superficial ignora la profundidad con la que el estilo se entrelaza con la obra.
Incluso la aspiración a un “estilo neutro” o “transparente” es, para Sontag, una de las fantasías más tenaces de la cultura moderna. Citando a Sartre sobre el célebre “estilo blanco” de Camus en El Extranjero, y a Roland Barthes con su “grado cero de la escritura”, Sontag demuestra que lo que parece ser la ausencia de estilo es, en sí mismo, una elección estilística altamente elaborada y artificial. No existe un arte sin estilo; solo existen obras de arte pertenecientes a diferentes tradiciones y concepciones estilísticas, más o menos complejas.
Metáforas Peligrosas: El Estilo como 'Cortinaje'
Uno de los puntos más reveladores de Sontag es su análisis de las metáforas utilizadas para hablar de estilo. Ella señala que, al intentar describir la totalidad de una obra de arte, recurrimos inevitablemente a metáforas, y estas a menudo confunden. La metáfora de Whitman, que compara el estilo con un “cortinaje” que cuelga entre el artista y el público, es un ejemplo claro de lo que Sontag considera problemático. Al concebir el estilo como un apéndice decorativo que puede ser apartado para revelar la “materia”, se confunde estilo con decoración y se sugiere que es una cuestión de cantidad, de “más o menos” o de “espesor”. Esto es fundamentalmente falso, ya que el estilo no es cuantitativo ni es un aditamento que un artista pueda elegir tener o no. Una convención estilística compleja no significa “más” estilo, sino simplemente una forma diferente de ser.
Sontag va más allá, proponiendo una audaz inversión de la metáfora más común: “Prácticamente todas las metáforas sobre el estilo acaban por situar la materia en lo interior, el estilo en lo exterior. Sería más acertado invertir la metáfora. La materia, el tema, está en el exterior; el estilo, en el interior”. Esta idea es crucial. Para Sontag, el estilo no es una capa superficial, sino la alma misma de la obra. Cita a Cocteau: “El estilo decorativo no ha existido nunca. El estilo es el alma y, por desgracia, en nosotros el alma asume la forma del cuerpo”. La máscara es el rostro; nuestra manera de expresarnos es nuestra manera de ser. El estilo es la forma en que la voluntad del artista se objetiva y se manifiesta, no un disfraz.
Aunque advierte sobre las metáforas peligrosas, Sontag reconoce el valor de metáforas “limitadas y concretas” para describir el impacto de un estilo, como hablar de un estilo “cargante” o “pesado”. Estas metáforas basadas en sensaciones físicas pueden ser inofensivas porque no intentan separar el estilo de la obra, sino describir su cualidad percibida.
Estilo vs. Estilización: Una Distinción Crucial
Para abordar el arte que parece desafiar su argumento sobre la inseparabilidad, Sontag introduce una distinción fundamental entre estilo y “estilización”. La estilización ocurre cuando el artista recae en la distinción entre materia y manera, tema y forma. Es un tratamiento deliberado, a menudo con una actitud irónica o ambivalente hacia el tema. Cuando el material del arte se concibe como “tema” susceptible de agotarse, se recurre a la estilización para hacerlo interesante. Ejemplos de esto incluyen las películas posteriores de Sternberg con Marlene Dietrich, donde el tema se transforma mediante la exageración, o las pinturas de Crivelli y Georges de la Tour. La estilización, para Sontag, es un “arte del exceso, falto de armonía”, y, por tanto, nunca un arte verdaderamente grande.
El estilo, en cambio, es inherente, la manifestación orgánica de la visión del artista. No es una elección consciente de embellecer un contenido, sino la forma en que el artista se relaciona con el mundo y lo presenta. Cubismo o la escultura de Giacometti, aunque distorsionan, no son “estilización” en el sentido peyorativo de Sontag; sus distorsiones no buscan hacer el rostro interesante, sino que son la expresión intrínseca de su visión.
| Característica | Estilo (según Sontag) | Estilización (según Sontag) |
|---|---|---|
| Naturaleza | Orgánico, inherente a la obra. | Deliberado, superpuesto al contenido. |
| Relación con el Contenido | Inseparable; el estilo es la forma del contenido. | Separa materia y manera; el tema es “tratado”. |
| Intención del Artista | Manifestación de la voluntad del artista. | Actitud irónica o ambivalente hacia un tema “agotado”. |
| Cualidad | Induce a la contemplación; busca la experiencia. | Arte del exceso, falto de armonía; puede ser repetitivo. |
| Ejemplos | Homero, Shakespeare, Tolstoi, las primeras obras de Sternberg. | Películas posteriores de Sternberg, pinturas de Crivelli. |
El Arte como Experiencia, No Declaración
Una de las afirmaciones más impactantes de Sontag es que “la obra de arte, considerada simplemente como obra de arte, es una experiencia, no una afirmación ni la respuesta a una pregunta”. Los críticos, al tratar las obras de arte como “declaraciones” (por ejemplo, el retrato de Wellington como respuesta a “¿Cómo era?” o Ana Karenina como investigación sobre el amor), están utilizando el arte para fines utilitarios (historia de ideas, diagnóstico cultural) que poco tienen que ver con la forma “apropiada” de mirarlo. El arte no es solo un texto o un comentario sobre el mundo; es una cosa en el mundo. Proporciona un conocimiento que no es conceptual ni discursivo, sino algo parecido a una emoción, un fenómeno de compromiso, un “juicio en un estado de esclavitud o cautiverio”.

El conocimiento que adquirimos a través del arte es la experiencia de la forma o estilo de conocer algo, no el conocimiento de un hecho o un juicio moral en sí mismo. Por eso, el valor de la expresividad (es decir, del estilo) precede y con razón al contenido, cuando este se aísla falsamente. Las satisfacciones de El Paraíso Perdido no provienen de sus concepciones teológicas, sino de la energía y vitalidad encarnadas en el poema.
Para Sontag, el arte es seducción, no violación. Propone un tipo de experiencia que manifiesta la cualidad de la imperiosidad, pero no puede seducir sin la complicidad del sujeto que experimenta. Esta visión desafía la tendencia a “moralizar” el arte. La ambivalencia hacia el estilo, dice Sontag, refleja la confusión histórica occidental sobre la relación entre arte y moralidad, lo estético y lo ético. Para ella, el problema de la oposición entre arte y moralidad es un pseudoproblema. No existen dos tipos independientes de respuesta, la estética y la ética, que se disputen nuestra lealtad. La respuesta estética no es “puramente” estética, y la respuesta moral a una obra de arte no es la misma que a un acto de la vida real. Los personajes de ficción no son personas reales; no se les juzga de la misma manera.
La “moralidad” en el arte, para Sontag, no es la aprobación o desaprobación de actos, sino la “gratificación inteligente de la conciencia”. Es la revivificación de nuestra sensibilidad, que a su vez nutre nuestra capacidad para la elección moral en la vida real. El arte cumple esta misión moral porque sus cualidades intrínsecas (desinterés, contemplación, atención, gracia, inteligencia, expresividad) son elementos fundamentales de una respuesta moral a la vida. En este sentido, el contenido es el pretexto, el señuelo que compromete la conciencia en procesos de transformación esencialmente formales. Por eso, podemos apreciar obras de arte que, en términos de contenido explícito, podrían ser moralmente objetables (como las películas de Leni Riefenstahl), porque su genio formal trasciende la propaganda y convierte el contenido en un papel puramente formal.
La Voluntad del Artista: El Estilo como Decisión
El estilo es, en su esencia, el principio de decisión en una obra de arte, la firma de la voluntad del artista. Así como la voluntad humana es capaz de un número indefinido de posiciones, existe un número indefinido de posibles estilos para las obras de arte. El estilo es la objetivación de la volición del artista y, desde la perspectiva del espectador, la creación de un “decorado imaginario para la voluntad”.
Esta compleja noción de voluntarismo, encarnada en la obra de arte, suprime el mundo a la vez que lo encuentra de una manera intensamente especializada. Sontag cita a Raymond Bayer: “Toda obra de arte encarna un principio de avance, de detención, de exploración; una imagen de energía o de relajación, la impronta de una mano que acaricia o que destruye y que es sólo (del artista)”. Esto es lo que Sontag prefiere llamar el estilo de la obra. Aunque históricamente agrupamos estilos en escuelas, la experiencia estética individual es siempre de la singularidad y contingencia del estilo.
El sentido de inevitabilidad que proyecta una gran obra de arte no se halla en la necesidad de sus partes individuales, sino en el todo. Si algo es inevitable en el arte, es el estilo. Reaccionamos ante la cualidad de ese estilo, que nos hace sentir que la obra es correcta, justa, inimaginable de otra manera. Las obras más atractivas crean la ilusión de que el artista no tuvo alternativa, tan identificado está con su estilo. Este dominio, firmeza y coherencia son las cualidades que elevan una obra a los más altos niveles de perfección.
La Función Mnemónica del Estilo y los Desafíos Modernos
El estilo cumple funciones más allá de ser la expresión de la voluntad. Una de ellas es su función mnemotécnica, es decir, la capacidad de preservar las obras de la mente contra el olvido. Coleridge y Valéry ya lo subrayaron: la forma de una obra, y en su idioma específico, el estilo, es un sistema de impresión sensorial que facilita la transacción entre la impresión sensual inmediata y la memoria. El ritmo, la rima y otros recursos formales de la poesía primitiva son ejemplos de cómo las palabras crearon una memoria de sí mismas antes de la escritura.
Esta función mnemónica explica por qué todo estilo depende de algún principio de repetición o redundancia. Sin la percepción de cómo una obra de arte se repite a sí misma, la obra sería imperceptible e ininteligible. La inteligibilidad surge de la percepción de estas repeticiones y del equilibrio entre la variedad y la redundancia.
Este aspecto del estilo resalta los desafíos del arte contemporáneo. Los estilos ya no se desarrollan lentamente o se suceden gradualmente, permitiendo al público asimilar sus principios de repetición. Por el contrario, se suceden tan rápidamente que a menudo no dejan tiempo para la asimilación, haciendo que muchas obras parezcan aburridas, feas o confusas para un público no preparado para percibir sus estructuras internas.

El Estilo como Decisión Epistemológica
Finalmente, Sontag argumenta que todo estilo conlleva una decisión epistemológica, una interpretación de cómo y qué percibimos. El estilo de las novelas de Robbe-Grillet, por ejemplo, expresa una visión de las relaciones entre personas y cosas, donde las personas también son cosas y las cosas no son personas. Su enfoque conductista y su negativa a “antropomorfizar” son decisiones estilísticas que dictan una forma de ver el mundo, centrada en propiedades visuales y topográficas, y excluyendo otras modalidades sensoriales.
El estilo circular y repetitivo de Gertrude Stein en Melanctha, por otro lado, expresa su interés en la disolución de la percepción inmediata por la memoria y la anticipación. Su insistencia en la inmediatez de la experiencia se manifiesta en su elección de palabras comunes, su sintaxis deshilvanada y su aversión a la puntuación. Cada estilo es un medio para insistir sobre algo, para enfocar nuestra atención de una manera particular.
Si bien las decisiones estilísticas pueden estrechar nuestra atención, la grandeza de una obra no reside en el número de cosas a las que nos permite atender, sino en la intensidad, el dominio y la sabiduría de esa atención, por estrecho que sea su horizonte. El gran arte nos hace conscientes de cosas que no pueden decirse, de la contradicción entre la expresión y la presencia de lo inexpresable. Las invenciones estilísticas son también técnicas de evasión, y los elementos más poderosos de una obra de arte son, con frecuencia, sus silencios. El estilo es una noción aplicable a toda experiencia, no solo al arte, y es lo que hace que un discurso, un movimiento o una conducta se desvíen de lo meramente útil, adquiriendo autonomía y un valor ejemplar.
Preguntas Frecuentes sobre la Visión de Susan Sontag
¿Sontag cree que el arte no tiene mensaje o significado?
No exactamente. Sontag argumenta que, si bien el arte puede contener información y enseñar nuevas actitudes, su función primordial no es la de una “declaración” o un “mensaje” conceptual. La obra de arte es, ante todo, una experiencia que transforma la conciencia. El “contenido” es el pretexto que involucra nuestra sensibilidad en procesos formales esenciales. En este sentido, el arte no “aboga por nada en absoluto” en el sentido discursivo o persuasivo, sino que invita a la contemplación y a una forma de conocimiento experiencial.
¿Cómo se relaciona el arte con la moralidad según Sontag?
Sontag rechaza la idea de una oposición entre lo estético y lo ético. Para ella, la conexión del arte con la moralidad no se da a través de la aprobación o desaprobación de actos, sino mediante la “gratificación inteligente de la conciencia”. El arte revivifica nuestra sensibilidad y conciencia, nutriendo así nuestra capacidad para la elección moral en la vida. Las cualidades intrínsecas a la experiencia estética (desinterés, contemplación, atención) y al objeto estético (gracia, inteligencia, expresividad) son también fundamentales para una respuesta moral a la vida. Es una moralidad de la conciencia, no de la conducta específica.
¿Por qué Sontag critica las metáforas comunes del estilo?
Sontag critica las metáforas comunes, como la del estilo como “cortinaje” o “decoración”, porque estas sugieren que el estilo es algo externo, separable y cuantitativo. Para ella, tales metáforas confunden y perpetúan la falsa dicotomía entre estilo y contenido. En cambio, propone que el estilo es algo interno, la alma de la obra, la manifestación de la voluntad del artista, y que no puede ser simplemente “apartado” o “añadido”.
¿Cuál es la diferencia entre “estilo” y “estilización” para Sontag?
Para Sontag, el “estilo” es la manifestación orgánica e inherente de la voluntad del artista en la obra, inseparable de su esencia. Es la forma en que el arte existe y se relaciona con el mundo. La “estilización”, por otro lado, es un tratamiento deliberado y a menudo irónico de un tema que el artista considera “agotado”. Es una elección consciente de la “manera” sobre la “materia”, y a menudo resulta en un arte del exceso o la falta de armonía, que Sontag no considera “verdaderamente grande”.
¿Por qué Sontag dice que el arte es “deshumanizado”?
Sontag, al igual que Ortega y Gasset, utiliza el término “deshumanización” para referirse a la distancia intrínseca que toda obra de arte mantiene de la realidad vivida que representa. Esta distancia es necesaria para que la obra se presente como arte, restringiendo la intervención sentimental y la participación emocional directa. El estilo se construye precisamente a través de esta manipulación de la distancia. Sin embargo, Sontag matiza que esta “deshumanización” no significa que el arte carezca de función o poder; es también una forma de salir al encuentro del mundo y educar la voluntad de estar en él, devolviéndonos a la realidad más receptivos y enriquecidos.
Conclusión
La experiencia del arte, según Susan Sontag, es una inmersión en la manifestación de la voluntad del artista a través de su estilo. Lejos de ser un adorno superficial o un mero envoltorio para el contenido, el estilo es la esencia misma de la obra, la forma en que esta existe y nos interpela. Sontag nos libera de la obsoleta dicotomía entre forma y contenido, revelando que el estilo es la lente a través de la cual aprehendemos el mundo que el arte nos presenta. Es la firma de la conciencia del artista, una decisión epistemológica que moldea nuestra percepción y, en última instancia, enriquece nuestra propia capacidad de sentir y de ser. En un mundo saturado de información y de juicios, la visión de Sontag nos invita a una contemplación más profunda y desinteresada, recordándonos que el arte no necesita justificación externa; su valor reside en su propia existencia y en la poderosa transformación que opera en nuestra sensibilidad.
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