23/11/2014
El concepto de goce (jouissance en francés) en la obra de Jacques Lacan es, sin duda, uno de los más complejos y, a menudo, malinterpretados dentro del psicoanálisis. Lejos de reducirse a una mera sensación de placer o satisfacción, Lacan lo eleva a una categoría fundamental que articula la relación del sujeto con el lenguaje, el Otro y su propio ser. Este artículo busca desentrañar las primeras aproximaciones y las profundas transformaciones que experimentó este término a lo largo de la enseñanza lacaniana, demostrando cómo el goce se concibe como un lugar ligado a la falta de ser, producto de la mortificación significante, y cómo esta visión se opone radicalmente a cualquier noción de goce como una sustancia positiva o plenitud.

Desentrañando el Goce: Más Allá del Placer Sensorial
Para comprender la singularidad del goce lacaniano, es crucial distanciarse de su acepción popular. Inicialmente, el término francés jouissance se vincula con el placer, particularmente el sexual, y la idea de orgasmo, resonando con el joy medieval que aludía a la satisfacción sexual cumplida. Sin embargo, Lacan abandona tempranamente esta connotación meramente sensorial. En su lugar, explora su sentido jurídico, donde “gozar de un bien” se refiere al usufructo. Esta acepción es clave: el usufructo implica disfrutar de los frutos de algo sin poseerlo plenamente, sin poder venderlo o enajenarlo. Es una tenencia precaria, una posesión que se funda en una pérdida.
Lacan subraya esta distinción en El Seminario 20, donde afirma que el usufructo permite gozar de los medios, pero sin despilfarrarlos. Aquí, el goce se reduce a una instancia negativa, algo que “no sirve para nada”. Esta formulación es disruptiva, pues rompe con la idea de que el goce tiene una utilidad o una finalidad. Los objetos del goce, en este sentido, son aquellos que se sustraen del intercambio y la circulación, bienes de los que solo se puede disfrutar o no, sin adquirir el estatus de valores comerciables. Por lo tanto, todo goce es parcial, una posesión que emerge de una pérdida fundante. Esta parcialidad y la inherente pérdida que lo constituye son aspectos centrales que Lacan formalizará en el axioma “el goce del Otro no existe” (JȺ).
De estas primeras puntualizaciones, podemos extraer conclusiones fundamentales sobre el goce en el psicoanálisis lacaniano:
- No es una sensación corporal u orgánica, ni está vinculado a los sentidos.
- Es inherentemente parcial y se funda en una pérdida; no se “tiene” el goce ni se goza positivamente de algo o alguien. Lacan insiste en que no hay goce del Otro.
- Al ser una instancia negativa, no puede alterarse, orientarse o modificarse para encontrar una “mejor” aplicación.
- Si “no sirve para nada”, no existen goces “correctos”, medidas “adecuadas” o modalidades “adaptadas” de gozar.
Cuando la Palabra Transforma: Goce como Neologismo
La riqueza del término jouissance para Lacan reside también en sus significativas homofonías en francés, con las que opera para empujar el término más allá de su uso vulgar y convertirlo en un neologismo. Estas homofonías incluyen:
- j’ouïs sens: oigo sentido
- j’ouir sens: oír sentido
- jouir sens: gozar (del) sentido
- jouis sens: goza (del) sentido
Estos “juegos de palabra” no son meros caprichos lingüísticos; son invenciones que redefinen el término, alterando su sentido y función. Lacan utiliza neologismos semánticos (cambiando el sentido de palabras existentes) y formales (creando nuevas palabras, como lalangue). Con jouissance, opera de ambos modos, a veces escribiéndolo tal cual, a veces equivocándolo según las homofonías. La ambigüedad entre la pronunciación de “goce” y “oigo sentido” es deliberada y solo se resuelve en la escritura, lo que subraya la primacía del significante.
Un ejemplo paradigmático de esta operación se encuentra en la frase de Lacan: “En efecto, aun si la ley ordenase: Goza, el sujeto sólo podría contestar con un: Oigo, donde el goce ya no estaría sino sobreentendido”. Aquí, el imperativo de goce (“¡Jouis!”) encuentra su inevitable respuesta en “¡J’ouïs!” (Oigo), una perfecta homofonía. Esto significa que la función del significante se interpone al goce, acarreando su “nadificación”, su reducción a nada. El goce, por ende, no se puede decir explícitamente, sino que está “sobreentendido” (sous-entendue), es decir, entredicho, prohibido y dicho entre líneas. Esta operación rompe con la ilusión de que el ser humano, por hablar, goza sin la dimensión intersubjetiva radical del lenguaje, sin Otredad. Por el hecho de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, el goce es inconcebible como una mera satisfacción de una necesidad. Su materia no es corporal; su materialidad es lenguajera, el significante es su sustancia.
El célebre ejemplo del fort-da freudiano ilustra esta idea. El juego del niño con el carretel, acompañado por las sílabas “fort” (lejos) y “da” (aquí), simboliza la ida y el retorno de la madre. Más allá de ser una simple descripción de la pérdida y el reencuentro, es la textura misma del lenguaje la que teje la materia de este goce en la repetición. Para Lacan, el niño simboliza la experiencia gozosa de su desaparición del campo del Otro, un “fading” del sujeto, para reaparecer diferente. El goce, en este sentido, define un lugar en la estructura, lógicamente necesario por la incidencia del significante. Como Lacan señala, “el discurso se aproxima al goce sin cesar, porque en él se origina”. El goce entra en juego con el significante, fundando su lugar en simultaneidad con el tiempo de inscripción del significante. En definitiva, el goce es solidario de la concepción del sujeto del significante, no de la sustancia material del cuerpo.
El Goce en la Estructura: Su Vínculo con el Sujeto y el Otro
El grafo del deseo de Lacan ofrece una representación visual de la relación intrincada entre el goce, el sujeto y el Otro. El goce (jouissance) se ubica en la cadena superior del grafo, en homología con el tesoro del significante y el significado del Otro. Esto implica que la pregunta por el sujeto del inconsciente en la cadena de la enunciación está ineludiblemente asociada al sentido, de ahí la importancia de la homofonía j’ouïs sens: oigo sentido.
El punto de ingreso crucial en el grafo es S(Ⱥ), el significante de la falta en el Otro, que Lacan propone como el matema de su axioma fundamental: “no hay Otro del Otro”. Este axioma es central para entender la concepción del goce. El Otro, inicialmente introducido como un lugar donde se constituye la palabra, evoluciona hacia una formulación más precisa: el Otro (A mayúscula) como el matema que escribe el tesoro de los significantes, una coordenada estructural. La sentencia “No hay Otro del Otro” significa que en el conjunto del sistema de los significantes falta algo, un significante. No hay una meta-garantía para el lenguaje, no hay un lenguaje que otorgue coherencia lógica a otro lenguaje. La significación siempre es del Otro, pero este carece de garantía.
La “No-Fe de la verdad” es una consecuencia directa de esta carencia de garantía. El psicoanálisis, a diferencia de las doctrinas religiosas, no posee una verdad última o una palabra final que el analista pueda enunciar desde el lugar del Otro. La verdad última que el psicoanálisis puede proponer al analizante es precisamente que “no hay Otro del Otro”. Esto implica que el Otro no es una figura real subjetivada, un sujeto que goza o nos goza. Si se concibe al Otro como un sujeto, el goce se positiviza, se convierte en un ideal de plenitud o una inclinación perversa de capturar un goce imaginado de un Otro subjetivado.
Desconocer el lugar del Otro marcado por esta falta tiene implicaciones directas en la clínica. Si el Otro es un lugar de significantes marcado por una falta estructural, entonces el goce se piensa desde una incompletud ligada al hecho de que el lenguaje no es un ser. La crítica de Lacan a la perspectiva clásica de las relaciones sujeto-objeto se traduce en un trastocamiento de la relación tradicional del sujeto con un goce entendido como absoluto. Para Lacan, el sujeto no es una esencia o sustancia, sino un lugar, al igual que el Otro y el goce, introducidos por la incidencia del significante.
Las consecuencias clínicas de esta concepción son profundas: si “sin Otro, no hay sujeto”, el deseo queda en suspenso y el lazo social se vuelve prescindible, promoviendo un individualismo que Lacan calificó de locura. Una clínica que olvida el axioma “no hay Otro del Otro” corre el riesgo de dar consistencia al ser o evitar el encuentro con la falta en ser, priorizando el cuerpo y el goce por encima del inconsciente estructurado como un lenguaje. Por el contrario, si “no hay Otro del Otro”, el sujeto se constituye a partir del Otro Ⱥ, el deseo es el deseo del Otro, y el inconsciente es el discurso del Otro, manteniendo la otredad y el lazo social como operadores fundamentales de la práctica analítica, donde el acto analítico es un acto de palabra.
Goce y Ser: La Impureza del No-Ser
La pregunta fundamental para Lacan no es “¿quién soy yo?” (que se inscribe en la dialéctica del reconocimiento), sino “¿Qué soy Je?”, una pregunta por el ser que permanece sin respuesta y que no puede ser capturada por el significante. La respuesta de Lacan a esta pregunta es enigmática y central para entender el goce: “Soy en el lugar desde donde se vociferación que ‘el universo es un defecto en la pureza del No Ser’”.
Esta frase condensa la esencia de la relación entre goce y ser. “Soy donde se vocifera” significa que la voz, como objeto, es crucial para el ser, más allá del contenido de lo que se dice. Los dichos vociferados afirman que en el no-ser producido por el significante, hay un “defecto”, una “impureza”. La pureza del no-ser no es total. Ahí es donde “soy”: en la impureza que introduce el objeto voz en el no-ser. Esto se articula con el grafo del deseo, donde la voz y el significante del piso inferior se continúan en el goce (jouissance) del superior, que empalma con S(Ⱥ). La voz se convierte en un objeto de goce, y el goce se liga al sentido cuya sustancia es significante, no corpórea.

La relación entre la voz como objeto de goce y el significante de la falta del Otro se sigue del hecho de que el significante produce falta en ser, mortifica la cosa, la “nadifica”. Pero es la misma lógica del significante la que introduce la ley del no-todo. Si el efecto de vaciamiento del significante es “no-todo”, entonces el no-ser que introduce también es “no-todo”. Es decir, el no-ser no abarca todo el universo; hay una impureza en el no-ser debido al no-todo del orden significante. Por eso se relaciona con S(Ⱥ), porque “no hay Otro del Otro”, lo que equivale a decir que no hay verdad última. Este lugar de la impureza del no-ser es lo que Lacan llama goce: “Se llama el Goce, y es aquello cuya falta haría vano el universo”. La falta de este lugar, y no del goce en sí mismo como satisfacción placentera, es lo que haría vano o vacío el universo. El goce es, en la estructura, el lugar de localización del sujeto que no puede afirmar “Soy” pero tampoco “No soy nada”. Es el resto de ser que queda tras la mortificación del no-ser.
Cuando la ley ordena “¡Goza!” (Jouis!), el sujeto responde con la dimensión nadificante del significante: “¡Oigo!” (J’ouïs!). Es del imperativo superyoico de gozar de donde se extrae una teoría del superyó. El goce no es una energía vital, sino un defecto en la pureza muda del no-ser que permite una localización del sujeto. Ante la vociferación, el sujeto responde: oigo-gozo. Esta falta no es insatisfacción, sino la indicación de que la materia del goce es el lenguaje, su textura. El goce intrincado en el lenguaje está marcado por la impureza de la falta en ser y, a la vez, por la falta de plenitud del ser. Ni hay ser ni hay no ser. El goce es el lugar donde se manifiesta el defecto del vaciamiento del ser operado por el significante. Lo que hace languidecer al ser, por lo tanto, es la falta de este lugar del goce, no el goce entendido como una satisfacción vivificante. El ser “lengüidece” (un juego de palabras entre languidecer y lengua) porque no le da la sustancia esperada, convirtiéndose en un efecto de la lengua, de lo dicho.
El Goce "Entredicho": Prohibición y Ley
Una de las afirmaciones más contundentes de Lacan sobre el goce es que está “interdicto para quien habla como tal”. Esto significa que el goce no puede decirse explícitamente, sino solo “entre líneas” para quien es sujeto de la Ley, ya que la Ley misma se funda en esa interdicción. Para el sujeto cuyo ser ha sido “nadificado” por el significante, el goce es donde se vocifera, donde la voz manifiesta que el ser natural —aquello que el significante anula— no está completamente vaciado, sino que algo de ese ser natural persiste. Por eso la voz está presente en todo acto de palabra, y el goce se inscribe en el grafo del lado del significante de la falta.
Si la articulación significante introduce la falta-en-ser, lo que resta de esta operación es el goce. Este lleva la marca de la falta, desterrando toda ilusión de un ser pleno y sin darle sustancia al ser, sino que lo “languidece”. ¿Cómo se manifiesta esto al sujeto y cómo se enlaza al Otro? Al sujeto se le presenta como un continuo de satisfacción e insatisfacción, de placer y displacer en una relación moebiana. Respecto al Otro, Lacan afirma que si el goce fuera una relación con el ser, el Otro sería consistente. Pero como el goce no le da sustancia al ser, hace inconsistente al Otro. De ahí que el goce solo pueda pensarse a partir del axioma “no hay Otro del Otro”. De lo contrario, el goce se positiviza, dando consistencia al ser, lo que configura las presuntas subjetividades y sintomatologías actuales.
Para Lacan, al menos en Subversión del sujeto..., el goce no es una actividad placentera o un exceso de sufrimiento, sino un lugar cuya falta haría vano el universo. El término francés vain (vano) connota “sin consistencia” o “vacío”, como una sepultura sin cadáver. Por eso, el goce se vincula con el significante de la falta del Otro, con su inconsistencia. Dado que para el hablante todo enunciado encuentra su única garantía en la enunciación y no en el Otro (porque el Otro no existe en el sentido estricto de “no hay Otro del Otro”), el goce se localiza en la enunciación inconsciente. Esto explica que el goce provenga de la voz y del significante, con su efecto de mortificación que aniquila el ser. El goce lleva la marca de la ley al estar interdicto, por lo cual es indecible y está más allá de todo lo que se diga: entredicho. Se vocifera, se oye, se goza del sentido.
Tabla Comparativa: Distintas Dimensiones del Goce
| Concepto de Goce | Características Clave | Implicaciones Lacanianas |
|---|---|---|
| Goce (Popular/Sensorial) | Placer, disfrute, satisfacción corporal, orgasmo, experiencia positiva. | Lacan lo abandona tempranamente; lo considera una comprensión superficial que no capta la complejidad estructural. |
| Goce (Jurídico/Usufructo) | Disfrute de un bien ajeno sin poseerlo plenamente; tenencia precaria; se basa en una pérdida. | Punto de partida crucial para Lacan. Resalta la parcialidad del goce, su no-totalidad, y su fundación en una pérdida constitutiva. |
| Goce (Lacaniano) | Instancia negativa; no sirve para nada; ligado a la falta en ser; su materia es lenguajera; es un resto de la mortificación significante; se articula con la ley y la prohibición; entredicho e indecible; se vocifera y se oye. | Fundamental para la constitución del sujeto y su relación con el Otro. No es algo que se busca o se “tiene”, sino un lugar lógico en la estructura que evita la pura nada. |
Preguntas Frecuentes sobre el Goce Lacaniano
Aclarar el concepto de goce en Lacan es un desafío, dada su complejidad y su ruptura con las intuiciones cotidianas. Aquí respondemos a algunas de las preguntas más comunes:
¿El goce es simplemente placer?
No. Aunque el término francés jouissance tiene connotaciones de placer, Lacan lo diferencia radicalmente. El placer se rige por el principio del placer, buscando la disminución de la tensión y la evitación del displacer. El goce, por el contrario, excede este principio; puede ser doloroso, excesivo e incluso autodestructivo, y se vincula con una satisfacción que va más allá de lo meramente agradable.
¿El goce es algo que se tiene o se posee?
No. Lacan enfatiza que no se “tiene” el goce. Al igual que el usufructo, el goce es una forma de disfrute que implica una pérdida, una tenencia precaria. No es una propiedad que el sujeto pueda adquirir o acumular. Se experimenta como un efecto, como un “resto” en la estructura, no como una sustancia positiva.
¿Dónde se localiza el goce en el cuerpo?
Para Lacan, la materia del goce no es corporal en el sentido biológico. Su materialidad es lenguajera, es un efecto lógico de la estructura significante. Si bien puede manifestarse en síntomas corporales o prácticas compulsivas, estos son efectos de la intrincación del goce con el lenguaje, no su origen o localización primaria en una parte específica del cuerpo.
¿El psicoanálisis busca eliminar el goce?
No. El psicoanálisis lacaniano no busca eliminar el goce, sino permitir al analizante comprender su posición ante él. El goce es inherente a la existencia del sujeto hablante. El objetivo es desentrañar cómo el sujeto se relaciona con su goce, cómo este está articulado por el lenguaje y la ley, y cómo su “interdicción” no implica su supresión, sino su manifestación “entre líneas”.
¿Qué significa “No hay Otro del Otro” en relación al goce?
El axioma “No hay Otro del Otro” significa que no existe una garantía última, un significante que complete el sistema de significantes o que dé pleno sentido a la verdad. Esta falta de garantía en el Otro (el lugar del lenguaje y el tesoro de los significantes) es crucial para entender el goce. Si el Otro fuera consistente y garantizado, el goce se positivizaría, convirtiéndose en una plenitud ilusoria. Sin embargo, al no haber Otro del Otro, el goce emerge como un “defecto en la pureza del no-ser”, un lugar donde el ser del sujeto, mortificado por el significante, encuentra un resto, una impureza que le impide ser pura nada.
En conclusión, el concepto de goce en Lacan es una piedra angular que desafía las concepciones intuitivas de placer y satisfacción. Al vincularlo intrínsecamente con el lenguaje, la falta en el Otro y la mortificación del ser por el significante, Lacan lo eleva a una categoría estructural fundamental. El goce no es un bien a poseer ni una meta a alcanzar, sino un lugar en la estructura donde el sujeto se localiza en la impureza del no-ser, un “resto” ineliminable que se manifiesta en la vociferación y que, al estar entredicho por la ley, se revela como la textura misma de nuestra existencia en el lenguaje. Comprender el goce lacaniano es adentrarse en la complejidad del sujeto y su relación ineludible con la dimensión de la pérdida y la falta, elementos constitutivos de la experiencia humana.
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