¿Qué quiere decir la metáfora "me rompió el corazón"?

La Vida Secreta de los Archivos: Metáforas Biológicas

23/08/2013

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Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha recurrido a la metáfora como una herramienta poderosa para comprender y conceptualizar el mundo que nos rodea. Esta figura retórica, capaz de reducir la complejidad, ofrecer nuevos horizontes interpretativos y enriquecer nuestro vocabulario, ha configurado representaciones conceptuales profundas en diversas disciplinas. En el ámbito de la archivística, las metáforas biológicas han jugado un papel fundamental, dotando de un lenguaje y una estructura conceptual a la forma en que entendemos y gestionamos los documentos.

¿Qué es una metáfora?
Es una forma de denominar algo a través de su parecido con otra cosa. Por ejemplo, un poeta al ver la nubes podría decir: "Son algodones blancos en el cielo". ¡Qué lindo ver las nubes como algodones!, ¿no les parece?

La idea de que un documento posee una “vida” similar a la de un organismo biológico —nace, vive y muere— no es una coincidencia, sino el resultado de una profunda influencia de corrientes de pensamiento que vieron en la biología un modelo explicativo para sistemas complejos. Esta perspectiva orgánica se ha incrustado en el corazón de la teoría archivística, influyendo en conceptos tan fundamentales como el del fondo de archivo como un todo orgánico, la noción del documento como evidencia y la popular teoría del ciclo de vida del documento. Pero, ¿de dónde provienen estas metáforas y cómo han moldeado la disciplina que hoy conocemos?

Índice de Contenido

La Doctrina Orgánica y el Poder: Un Legado Contractualista

Para comprender la génesis de las metáforas biológicas en la archivística, es indispensable remontarse a la teoría política del Contrato Social. Pensadores como Thomas Hobbes, Herbert Spencer y Jean-Jacques Rousseau, desde el siglo XVII, utilizaron la vida y el cuerpo como tropos recurrentes para explicar y justificar el nuevo orden social. Esta impronta se conoce como biopolítica, un término que, según Roberto Espósito, fue acuñado por Rudolf Kjellen a principios del siglo XX, pero cuyas raíces se hallan en la concepción del Estado como un “cuerpo político”.

Thomas Hobbes, en su monumental obra “Leviatán”, conceptualizó el Estado como un “CUERPO POLÍTICO” gigantesco, una entidad donde los individuos ceden su voluntad al soberano. En esta analogía, la soberanía es el corazón, el soberano la cabeza y el pueblo se conforma como ese amorfo cuerpo. La maestría de Hobbes radicó en aplicar conceptos de las ciencias exactas a la filosofía política, buscando una palabra precisa para cada idea, pero sin renunciar a la potencia de la metáfora orgánica para describir la unión y funcionalidad del Estado.

Herbert Spencer, sociólogo y filósofo naturalista británico, llevó esta analogía aún más lejos al equiparar los mecanismos de la evolución biológica con los de la sociedad. Para Spencer, la sociedad es, tangencialmente, un organismo que comparte prerrogativas y funciones con los seres vivos. Su obra “The Principles of Sociology” establece que, al igual que los organismos vivos, las sociedades crecen en tamaño y complejidad estructural. Esta perspectiva naturaliza la sociedad, viéndola como un conjunto de cuerpos vivos en constante evolución.

Jean-Jacques Rousseau, otro pilar del Contractualismo, en su “Discurso sobre la economía política”, también recurrió a la anatomía para describir el cuerpo político. Para él, el poder soberano es la cabeza, las leyes y costumbres el cerebro, los jueces y magistrados los órganos de la voluntad, el comercio la boca, la hacienda pública la sangre y la economía el corazón. Los ciudadanos, por su parte, son el cuerpo y los miembros que dan vida y movimiento a esta “gran máquina”. Esta visión refuerza la idea de que la multiplicidad de individuos diminutos es lo que hace funcionar al gran cuerpo político.

Michel Foucault, en su lectura crítica de este corpus, evidenció la profunda unión entre la teoría biológica positivista del siglo XIX y el discurso del poder. Foucault acuñó el término biopolítica para describir cómo el Estado, a partir del siglo XVII, comenzó a administrar y controlar la vida de sus ciudadanos. El evolucionismo, más allá de la teoría darwiniana, se convirtió en una lente a través de la cual se pensaban las relaciones de colonización, las guerras, la criminalidad, la locura e incluso la historia de las clases sociales. El Estado, concebido orgánicamente, busca la “salud” del conjunto; cualquier ruptura en esta armonía se considera una “enfermedad” que el gobernante o tecnócrata debe sanar mediante la regulación y la norma, aplicada tanto a cuerpos individuales como a la población.

Este “cepo de la biología”, como lo denomina Roberto Espósito, implica que la política queda atrapada en un marco natural, donde la historia humana es vista como una repetición de nuestra propia naturaleza. La vida se convierte en el centro de cualquier procedimiento político, absorbida y manipulada por el poder. En última instancia, la teoría archivística, al heredar esta visión, se encuentra subsumida en este entramado biológico-político, donde el archivo no solo consigna la autoridad del Estado, sino que también describe, clasifica y ordena los registros que dan cuenta de su accionar en el tiempo, siempre bajo una lógica que emana de esta concepción orgánica del poder.

El Período Clásico en la Archivística: De lo Orgánico al Ciclo Vital

La influencia de las metáforas biológicas no se limitó a la teoría política, sino que permeó profundamente en el desarrollo de la archivística clásica, un período que abarca desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1980. Tres hitos fundamentales marcan esta evolución:

El Manual Holandés: El Archivo como un Todo Orgánico

En 1898, Samuel Muller, Johan Feith y Robert Fruin publicaron en Haarlem el “Handleiding voor het ordenen en beschrijven van Archieve”, más conocido como el Manual Holandés. Esta obra, considerada la primera científica en el campo de la archivística, sistematizó metodologías y técnicas para organizar archivos, sentando las bases del principio de procedencia y el orden natural.

Desde sus primeras páginas, el Manual Holandés introduce una poderosa analogía: la del archivista como un paleontólogo que reconstruye el esqueleto de un fósil. Esta metáfora impone una idea capital y repetida en la disciplina: lo orgánico como valor de archivo. La regla número dos del manual declara explícitamente que una colección de archivo es un todo orgánico, diferenciándola de una mera colección de libros artificialmente agrupados. El archivero, por tanto, debe respetar la individualidad de cada fondo de archivo y no alterar su orden original. El “fósil” no se rearma con huesos ajenos.

Influenciados por las proposiciones científicas del siglo XIX, intrínsecamente ligadas a una perspectiva biológica darwiniana, los autores holandeses concibieron el archivo como un “organismo vivo” que crece, se desarrolla y decae con la organización o productor que lo ha creado. Esta metáfora orgánica justificó la exclusión de todo aquello que no respondiera a su semántica, defendiendo que el fondo de archivo, esa “vida documental”, no podía ser desmembrada. La estructura original del archivo debía ser respetuosamente estudiada y conservada, lo que llevó a un consenso clasificatorio cercano al productor y alejado de las categorías forzadas por el propio archivero.

Hilary Jenkinson: La Santidad de la Evidencia

El archivero británico Hilary Jenkinson, en su “Manual of Archive Administration” (1922), consideraba el Manual Holandés como la “biblia de los archivos”. Jenkinson postuló una de las ideas clave en el desarrollo de la archivística: la evidencia. Relacionó los documentos de archivo con la evidencia de los actos de sus productores, estableciendo un vínculo intrincado entre el registro y su contexto de surgimiento.

Para Jenkinson, la carrera del archivero es de servicio, existiendo para hacer posible el trabajo de otros. Su credo es la “Santidad de la Evidencia”, y su tarea es la conservación de cada fragmento de evidencia adherido a los documentos bajo su custodia. Este dogma, con un fuerte sesgo positivista, acentuaba el carácter imparcial e incuestionable del documento como fuente para la investigación histórica. Jenkinson asignó al archivero un rol meramente pasivo, el de un “guardián” de ese “divino axioma” llamado documento de archivo, oponiéndose vehemente a cualquier intervención en el proceso de selección y clasificación. Para él, los archivos eran subproductos naturales de la administración y probaban de manera impoluta sus actos y transacciones. La selección y expurgo, ante la creciente “avalancha de papeles” tras la Primera Guerra Mundial, debían ser responsabilidad del productor, no del archivero, relegando a este último a un simple “keeper” de fondos ya cerrados.

Theodore Schellenberg: El Ciclo de Vida y el Archivista Activo

Un crítico acérrimo de Jenkinson fue Theodore Schellenberg, considerado el “padre” de la valoración documental moderna. Cansado de que se citara a Jenkinson como autoridad, Schellenberg buscó enterrar la teoría de la evidencia-objetividad-pasividad del archivero. Su pragmatismo norteamericano y la urgencia por remediar la “avalancha de papeles” resultante de la New Deal Administration lo llevaron a proponer una solución radical.

En su obra “Modern Archives: Principles and Techniques” (1958), Schellenberg propuso que los documentos debían tener un valor primario (para el productor) y un valor secundario (para el investigador). Esta distinción empoderó al archivero, inflándolo con un rol más activo y desvinculándolo del refugio medieval complaciente de Jenkinson. Los tiempos habían cambiado, y la prisa burocrática exigía que el archivero juzgara la utilidad futura de los archivos, consultando para ello a oficiales de la administración o académicos.

La gran jugada metodológica de Schellenberg no se apartó de la metáfora biológica, sino que la reinventó. Propuso la metáfora del ciclo de vida del documento (life cycle), que describe la frecuencia de uso de los documentos en diferentes etapas de su evolución “orgánica”. Los documentos nacen (creación), viven (mantenimiento y uso), y finalmente mueren (disposición final, expurgo o conservación permanente). Este ciclo oscila entre los universos de lo “activo” (record) y lo “inactivo” (archive).

Schellenberg asignó al archivero la responsabilidad de participar en todo el ciclo de vida del documento, incluso en su “concepción”, para poder determinar y clasificar las series de antemano. El archivero debía anticiparse al archivo, formar parte de su origen, lo que supuso un cambio paradigmático en la profesión, otorgándole un nuevo estatus y una responsabilidad proyectiva sin precedentes.

Comparativa de Enfoques Clásicos en Archivística

Para visualizar mejor las diferencias y similitudes en la aplicación de las metáforas biológicas en la archivística clásica, la siguiente tabla comparativa resume los enfoques de los autores clave:

AspectoManual Holandés (Muller, Feith, Fruin)Hilary JenkinsonTheodore Schellenberg
Metáfora CentralArchivo como todo orgánico, fósil.Documento como evidencia (con carácter casi “sagrado”).Ciclo de vida del documento (nacimiento, vida, muerte).
Rol del ArchivistaPaleontólogo que respeta el orden original.Guardían pasivo, “keeper” de la evidencia.Agente activo, valorador y gestor del ciclo documental.
Naturaleza del DocumentoParte indivisible de un organismo administrativo.Subproducto natural de la administración, incuestionable.Entidad con valor primario (administrativo) y secundario (histórico).
Valoración/SelecciónEl fondo es un todo, no debe ser alterado artificialmente.Responsabilidad exclusiva del productor; archivero no interviene.Archivista valora activamente, consultando a productores/especialistas.
Anclaje TeóricoPositivismo, influencia darwiniana, contractualismo.Positivismo historiográfico, énfasis en la imparcialidad.Pragmatismo, necesidad de gestión ante la “avalancha de papeles”.

Preguntas Frecuentes sobre las Metáforas Biológicas en Archivística

¿Qué es el ciclo de vida del documento en archivística?

El ciclo de vida del documento es una metáfora biológica, popularizada por Theodore Schellenberg, que describe las diferentes etapas por las que pasa un documento desde su creación hasta su disposición final. Estas etapas incluyen la fase activa (creación, uso frecuente), la fase semiactiva (uso ocasional, almacenamiento temporal) y la fase inactiva (transferencia a un archivo histórico para conservación permanente o expurgo).

¿Cómo influyeron las ideas de Hobbes o Rousseau en la archivística?

Las ideas de Hobbes y Rousseau, al concebir el Estado como un “cuerpo político” o un “organismo”, sentaron las bases para la aplicación de metáforas biológicas en la teoría del poder y la administración. Esta visión orgánica del Estado influyó indirectamente en la archivística al justificar la necesidad de un registro y control meticuloso de la vida pública, viendo los archivos como una extensión natural del funcionamiento de este “organismo” estatal.

¿Cuál es la diferencia entre el “fondo de archivo” y una “colección” según el Manual Holandés?

El Manual Holandés estableció una distinción crucial: el fondo de archivo es un “todo orgánico” creado naturalmente por una entidad administrativa en el curso de sus actividades, manteniendo un orden inherente y una integridad. Una “colección”, en cambio, es una agrupación artificial de documentos, reunidos por criterios externos (temáticos, cronológicos, geográficos) y que no reflejan un origen o funcionamiento orgánico.

¿Por qué Hilary Jenkinson se oponía a la intervención del archivero en la selección documental?

Hilary Jenkinson, desde su postura positivista, creía en la “santidad de la evidencia” y consideraba que los documentos eran subproductos “naturales” e imparciales de la administración. Cualquier intervención del archivero en la selección o clasificación podría comprometer la autenticidad y la objetividad de estos registros. Para él, la responsabilidad de la valoración y el expurgo recaía exclusivamente en el productor de los documentos.

¿Qué aportó Theodore Schellenberg a la archivística moderna?

Theodore Schellenberg revolucionó la archivística moderna al proponer la teoría de la valoración documental, distinguiendo entre el valor primario (administrativo) y secundario (histórico) de los documentos. Su mayor aporte fue la conceptualización del ciclo de vida del documento, que permitió al archivero adoptar un rol mucho más activo en la gestión documental, desde la creación hasta la disposición final, frente a la postura pasiva de sus predecesores.

Conclusión: La Persistencia de la Metáfora Orgánica

Las metáforas biológicas no son meros adornos retóricos en la teoría archivística; son estructuras conceptuales que han permitido a la disciplina dar sentido a la complejidad de los documentos y su relación con las entidades que los producen. Desde la visión del Estado como un “cuerpo político” que genera sus propios registros, hasta la concepción del archivo como un “organismo vivo” con su propio ciclo vital, estas analogías han proporcionado un marco para entender la procedencia, la integridad y el valor de la información.

Aunque el campo de la archivística ha evolucionado, incorporando nuevas perspectivas y desafíos tecnológicos, la huella de estas metáforas sigue siendo profunda. Nos recuerdan que, al igual que los organismos, los archivos son sistemas dinámicos, interconectados y en constante transformación. Comprender sus “vidas” nos permite no solo preservar el pasado, sino también entender mejor el presente y anticipar las necesidades futuras de la información, reafirmando el papel vital del archivero en la sociedad como custodio y facilitador del conocimiento.

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