18/06/2015
El fenómeno religioso es una de las expresiones más complejas y multifacéticas de la experiencia humana. Sus doctrinas, creencias, rituales y vivencias personales abarcan un espectro tan amplio que su comprensión profunda exige un diálogo constante entre diversas disciplinas. En las últimas décadas, las ciencias cognitivas han emergido como un campo de estudio crucial, ofreciendo herramientas novedosas para desentrañar aspectos fundamentales de la experiencia religiosa. Dentro de este marco interdisciplinar, la teoría de la metáfora de George Lakoff y Mark Johnson se destaca por su capacidad de iluminar cómo nuestra propia existencia corporal determina, de manera estructural, nuestras representaciones más abstractas, incluyendo las de índole religiosa. Este artículo busca adentrarse en la propuesta de Lakoff y Johnson, examinando cómo la corporalidad moldea nuestra comprensión de lo divino y lo espiritual, y discutiendo los desafíos que esta perspectiva plantea para una valoración crítica y completa de la religión, especialmente en lo que respecta a la noción de una “espiritualidad encarnada”.

¿Qué son las Metáforas Conceptuales? La Visión de Lakoff y Johnson
Según George Lakoff y Mark Johnson, la forma en que damos sentido a la realidad se arraiga profundamente en el conocimiento primario que obtenemos a través del movimiento de nuestro cuerpo, la manipulación de objetos y nuestras interacciones sensoriales (visión, tacto, etc.). Estos elementos no son meros datos aislados, sino que involucran patrones recurrentes que se proyectan metafóricamente en distintos dominios de la experiencia. En esencia, una metáfora no es solo una figura retórica del lenguaje, sino un mecanismo cognitivo fundamental: un dominio mental, como nuestras experiencias subjetivas, se conceptualiza en términos de otro, más concreto, como el dominio sensoriomotor.
Esta proyección permite que imágenes mentales convencionales, originadas en experiencias sensoriomotoras, se utilicen para comprender dominios de la experiencia subjetiva. Por ejemplo, la frase “no logro entenderlo, me pasa por encima de la cabeza” utiliza una experiencia física (algo que pasa por encima de nuestra cabeza) para expresar una falta de comprensión mental. Este tipo de expresiones no son arbitrarias; están enraizadas en cómo nuestro cuerpo interactúa con el mundo. Así, las metáforas conceptuales pueden definirse como el entendimiento y la experiencia de un dominio en términos de otro, o como “funciones” (mappings) entre dominios. Al igual que en matemáticas una función asigna un elemento de un conjunto a otro, la metáfora une elementos diversos entre dominios a través de una “norma” o “regla” cognitiva.
Características Clave de las Metáforas Conceptuales
Lakoff y Johnson identifican tres elementos distintivos de las metáforas conceptuales como mecanismos cognitivos:
- Su Origen Corporal: El cuerpo es la base de nuestra capacidad para conceptualizar relaciones espaciales y abstractas. Verbos como “empujar”, “halar” o “soportar” adquieren sentido a través del uso de nuestro cuerpo y su movimiento. Esto revela una “lógica intrínseca” a nuestra percepción y movimientos corporales. Además, las metáforas conceptuales proyectan “estructuras inferenciales” ya existentes, es decir, la forma en que extraemos conclusiones a partir de información sensoriomotora, funcionando como herramientas primarias para razonar sobre dominios abstractos y expandir nuestro conocimiento. Un ejemplo claro es la metáfora “Semejanza Es Proximidad”, donde la semejanza se entiende como cercanía espacial y la diferencia como distancia. Sin tales metáforas, el pensamiento abstracto sería casi imposible.
- Su Permeabilidad en el Pensamiento Abstracto: Las metáforas permean el pensamiento y el lenguaje hasta en sus niveles más sofisticados. Esto se debe a que están arraigadas en la estructura misma del cerebro y del cuerpo, formando parte de nuestro inconsciente cognitivo. Aunque son “universales, pero no innatas”, las adquirimos a lo largo de la vida simplemente al movernos y percibir el mundo. El pensamiento mismo adopta una estructura metafórica porque esta no está determinada por convenciones lingüísticas, sino que es anterior a ellas. Las metáforas conceptuales son “prepredicativas”; no se agotan en las expresiones lingüísticas concretas que las manifiestan, sino que son estructuras cognitivas sensoriomotoras más profundas.
- Su Independencia Respecto al Lenguaje: Lakoff y Johnson sostienen que la cognición es algo independiente del lenguaje. La abundante evidencia de estas metáforas conceptuales en distintas culturas e idiomas se explica porque toda la humanidad comparte una dimensión corporal común. Esta evidencia también demuestra que las metáforas pueden generar siempre nuevas y sorprendentes formas de expresión, lo que significa que los sistemas conceptuales que crean son dinámicos y expandibles, capaces de innovar a pesar de estar limitados por nuestras posibilidades corporales. Las metáforas conceptuales son vivencias más que formulaciones de palabras articuladas.
El Cuerpo como Fundamento: Metáforas y Representaciones Religiosas
La influencia de las metáforas conceptuales se extiende de manera significativa al mundo de las representaciones religiosas. Los sistemas de creencias religiosas no escapan al hecho de que “solo podemos formar conceptos a través del cuerpo”. Las metáforas conceptuales no solo posibilitan, sino que también condicionan, toda forma de construcción abstracta, incluyendo las nociones más elevadas de la religión. Un ejemplo paradigmático es la idea de la mente, el alma o el espíritu como algo independiente del cuerpo. Lakoff y Johnson argumentan que esta noción deriva de metáforas conceptuales con raíces sensoriomotoras.
Cuando percibimos el mundo, nuestra atención rara vez se centra en los órganos sensoriales mismos. Al ver, no somos conscientes de nuestros ojos o del sistema visual que permite la percepción. Esta experiencia genera la ilusión de que el acto mental ocurre de manera independiente del cuerpo, reforzando la idea de un “sujeto desencarnado”. Esta proyección de estructuras inferenciales sensoriomotoras en otros dominios de la experiencia es clave para entender cómo las metáforas nos ayudan a comprender aquello que se concibe como inmaterial o más allá de los límites de la cognición humana: la “experiencia espiritual”. A través de las metáforas, la experiencia ordinaria dota de contenido a la experiencia espiritual, haciendo que un Dios inefable se vuelva vital y accesible. Las expresiones metafóricas para referirse a lo divino —como “Camino”, “Realidad última”, “Aliento vital”, “Creador”, “Padre”, “Madre” o “Ser supremo”— permiten a los individuos integrar lo religioso en su vida de maneras concretas, a través de ideas, imágenes y actividades.
Lo realmente significativo, según Lakoff y Johnson, no es solo que los sistemas de creencias religiosas contengan metáforas conceptuales, sino que la apropiación de una metáfora particular condiciona el rango de inferencias que pueden derivarse de ella. Por ejemplo, concebir a “Dios como un padre estricto” conduce a inferencias muy diferentes que concebirlo como “un padre dadivoso”. La primera sugiere inflexibilidad, la segunda, compasión. De manera similar a cómo las posturas filosóficas ven sus inferencias constreñidas por sus metáforas centrales, las diferencias interreligiosas o las divisiones dentro de una misma tradición (sectas, cismas) pueden analizarse a la luz de las metáforas que fundamentan sus discursos.
Además, la forma en que las metáforas conceptuales se insertan en los sistemas religiosos se complejiza por dos factores. Primero, un mismo sistema de creencias puede emplear múltiples metáforas conceptuales que no son necesariamente consistentes entre sí. Esto se explica porque todo sistema conceptual es “pluralista”, no “monolítico”; los conceptos abstractos no se reducen a una sola metáfora, sino que se definen a través de múltiples, que a menudo son inconsistentes. Segundo, no todas las metáforas conceptuales se expresan en un lenguaje articulado; algunas se manifiestan a nivel gestual o en el arte. Esto implica que distintas formas de representación religiosa (visuales, textuales, performativas) también pueden leerse a la luz de metáforas conceptuales. Las ciencias cognitivas nos invitan a no solo enfocarnos en el contenido explícito de las representaciones, sino en “aquello que debemos dar por sentado” para comprender el sentido de tales representaciones o acciones. Imágenes, textos y acciones ponen en juego nuestra capacidad de representar y transformar información, lo cual es el campo de investigación de las ciencias cognitivas.
En resumen, las metáforas conceptuales determinan estructuralmente tanto los sistemas conceptuales de las religiones como la forma en que estos conceptos se materializan en acciones, imágenes y textos. Esta comprensión lleva a una cuestión más profunda: ¿qué implicaciones tiene el hecho de que la evidencia de las ciencias cognitivas contradiga aspectos importantes de algunas tradiciones religiosas?
La Propuesta de una Espiritualidad “Encarnada”
La teoría de las metáforas conceptuales, según Lakoff y Johnson, nos invita a una revisión crítica de la “vida espiritual y religiosa”. Es crucial discernir cuándo las metáforas son útiles, cuándo son cruciales y cuándo resultan “desorientadoras”. Las ciencias cognitivas, con su vasta evidencia, demuestran que nuestras mentes no solo no están desencarnadas, sino que “no pueden estarlo”. La idea de una mente o alma desencarnada, aunque surge de experiencias corporales que todos tenemos, es fundamentalmente incorrecta en sus lineamientos más básicos: tal mente simplemente “no puede existir”.
Esta noción de una mente encarnada (embodied mind), si bien es consistente con la evidencia cognitiva, contradice partes significativas de muchas tradiciones religiosas. Particularmente, choca con la conceptualización del alma o espíritu en gran parte de la tradición cristiana, donde se enfatiza la idea de que somos esencialmente almas sin cuerpo, solo habitando nuestros cuerpos durante una estancia terrenal, con el objetivo último de “morar con Dios” en el cielo. En esta tradición, la moralidad a menudo se vincula a la desencarnación del alma, esperando del creyente que trascienda los deseos corporales y mundanos, las posesiones materiales y el éxito terrenal. Esta concepción ultramundana y desencarnada de la espiritualidad tiende a restar importancia a la relación con el mundo, el entorno natural y todos los demás aspectos de la existencia encarnada.
Lakoff y Johnson rechazan las concepciones ultramundanas y desencarnadas de la espiritualidad porque la mente encarnada pertenece intrínsecamente a este mundo y es inseparable de él. El cuerpo, por tanto, no puede ocupar un lugar secundario o marginal en ninguna experiencia humana, incluida la espiritual. Este es un presupuesto fundamental de la espiritualidad encarnada. Pero, ¿cómo se entiende esta espiritualidad en términos menos restrictivos?
Para Lakoff y Johnson, la espiritualidad encarnada se concibe como una actitud “estética” de profunda conexión empática con la naturaleza y con los demás. Argumentan que desde el nacimiento poseemos una “capacidad corporal” para imitar a otros y experimentar de manera “vívida” lo que otra persona siente. Esta capacidad de proyección empática es una facultad cognitiva vital para nuestra supervivencia. En diversas tradiciones religiosas, esta conexión empática con la realidad se ve como un “encuentro de la divinidad en todas las cosas”. Las “técnicas” que las religiones han empleado tradicionalmente para cultivar esta conexión pueden “ampliar el sentido de nuestra presencia en el mundo”. Esto ocurre porque a través de la empatía, el mundo externo deja de ser una mera colección de objetos y se transforma en parte de nuestro ser. “Solo a través de la proyección empática”, afirman, “llegamos a conocer el medio ambiente, de qué manera somos parte de él y él parte de nosotros”.
En síntesis, la espiritualidad encarnada no solo se define por la negación de una mente desencarnada, sino también por una propuesta activa: asumir el cuerpo como una dimensión constitutiva de una forma de experiencia espiritual orientada hacia uno mismo, hacia los demás y hacia nuestro entorno planetario. Sin embargo, para que estas “insinuaciones de lo espiritual en lo cognitivo” sean pertinentes en la elaboración de juicios críticos sobre la religión, requieren superar al menos dos tendencias: la de reducir la religión a una cuestión de sistemas conceptuales y la de restar importancia al problema de la interpretación de la experiencia religiosa.
Desafíos y Críticas a la Perspectiva Cognitiva
La propuesta de Lakoff y Johnson, aunque valiosa, no está exenta de críticas. La complejidad del fenómeno religioso exige una mirada que vaya más allá de una única perspectiva, por muy potente que esta sea. Dos de las principales objeciones giran en torno al posible reduccionismo y a la necesidad de una aproximación hermenéutica.
¿Reduccionismo Conceptual?
Una de las críticas que podría plantearse al enfoque cognitivo de Lakoff y Johnson es su aparente reducción de la religión a su aspecto conceptual, lo que Raimon Panikkar, en su texto “Religión y cuerpo”, denomina “religiología”. Panikkar distingue un “triple sentido” de la palabra “religión”:
- Religiología: La estructura intelectual de la religión (teología, filosofía, ideología, cosmovisión), la articulación consciente y coherente de un sistema de creencias.
- Religionismo: El aspecto social de la religión, incluyendo los elementos relacionados con su desarrollo dentro de agrupaciones humanas y el espíritu de comunión.
- Religiosidad: La dimensión antropológica que permite al ser humano ser consciente de sus “religaciones constitutivas” con la realidad, incluyendo los aspectos existenciales de la religión y la relación individual con lo trascendente.
La preocupación es que, al centrarse en los sistemas conceptuales, el enfoque cognitivo podría marginar aspectos cruciales de la experiencia religiosa, como el emocional, el ritual o el comunitario (el religionismo y la religiosidad de Panikkar). Sin embargo, esta crítica solo tiene pleno sentido si se asume que los conceptos son meramente literales y una cuestión exclusivamente lingüística. Lakoff y Johnson, por el contrario, argumentan que los conceptos son primariamente metafóricos y están “llenos de carne”, es decir, enriquecidos por las experiencias encarnadas (percepción, movimiento, interacción). La permeabilidad de las metáforas permite proyectar estructuras inferenciales básicas en esferas antropológicas y sociales más complejas, como la política o la economía. La estructura metafórica de los conceptos no depende de una necesidad “lógica”, sino de su “aplicabilidad” y “funcionalidad” entre dominios.
Desde esta perspectiva, el lenguaje religioso basado en metáforas conceptuales es un elemento vital de la vida religiosa, pero estos discursos deben entenderse como acciones que tienen lugar en un contexto determinado. Como afirma Slawomir Sztajer, el lenguaje religioso no funciona separado del contexto de la vida religiosa, especialmente el ritual, sino que es una forma de acción religiosa en sí mismo. Así, aunque los conceptos religiosos estén cognitivamente determinados, esto no reduce necesariamente la religiosidad o el religionismo a meras formulaciones predicativas de creencias.
¿Una Espiritualidad “Empíricamente Responsable”?
Lakoff y Johnson advierten que las metáforas pueden tanto orientar como desorientar el pensamiento. Si la idea de un espíritu o alma desencarnada es una metáfora “desorientadora” según ellos, ¿implica esto que la espiritualidad debe tener una “dirección auténtica” determinada por la evidencia empírica? La espiritualidad encarnada que proponen se relaciona con un sentimiento de pertenencia a una totalidad omniabarcante, con una participación extática y un compromiso ético. La conciben como una experiencia compleja, interconectada con otros campos de la experiencia humana, alejándose de una definición de lo espiritual como algo sui generis (de un orden cualitativamente diferente).
Para Lakoff y Johnson, la experiencia religiosa es una “consecuencia de lo que ocurre en el cerebro y el cuerpo”, y por ello rechazan las concepciones ultramundanas y desencarnadas que “minimizan la importancia de nuestra relación con el mundo, el medio ambiente y todos los demás aspectos de la existencia encarnada”. Argumentan que la filosofía debe ser “empíricamente responsable”, es decir, una actividad reflexiva en diálogo constante con los hallazgos de las ciencias cognitivas. La pregunta es si lo mismo aplica al campo de lo religioso.
No parece razonable que alguien deba abandonar sus creencias religiosas simplemente porque la evidencia empírica las contradice. La religión, entendida como religiosidad, no tiene por qué ser “empíricamente responsable” en el mismo sentido que la filosofía. En el ámbito de la religiosidad, lo central es el aspecto existencial de las cuestiones religiosas. La pregunta no es por el significado literal de una metáfora basada en un espíritu incorpóreo, sino por el significado de esa metáfora para la vida de alguien. Una metáfora incompatible con la evidencia empírica puede, de hecho, resultar profundamente orientadora en términos de una experiencia espiritual personal.
Una revisión crítica de las metáforas de la religión relacionadas con el cuerpo debe considerar sus efectos en múltiples planos de la existencia, incluyendo el emocional. Si bien Lakoff y Johnson reconocen que a través del cuerpo la experiencia religiosa puede ser apasionada, y que el sexo, el arte, la música, la danza y la comida han sido formas de experiencia espiritual, a menudo pasan por alto que las técnicas corporales en prácticas rituales no siempre buscan solo el cultivo de una experiencia emocional. Su función puede ser el manejo o dominio de emociones intensas, como la tristeza profunda o la alegría desbordante. Estas técnicas corporales poseen un valor soteriológico (de salvación o liberación), no meramente ontológico. Mircea Eliade, por ejemplo, destacó la contribución decisiva de las experiencias desencarnadas de chamanes, como “viajar por mundos sobrenaturales” o “ver seres sobrehumanos”, en relación con su conocimiento de la muerte y su papel como sanadores de la comunidad. Desde un plano funcional, una práctica religiosa basada en concepciones desencarnadas del ser humano exige criterios de evaluación diferentes, que justifiquen la pervivencia de tales concepciones “contraevidentes” en algunas tradiciones.
La dificultad de la propuesta de Lakoff y Johnson radica en que, aunque sostienen que la experiencia espiritual es compleja y pluridimensional (ética, estética, ecológica, mental y fisiológica), a la hora de valorarla, parecen hacerlo desde un punto de vista sesgado: el de una espiritualidad empíricamente responsable.
Hermenéutica vs. Explicación y el Rol de la Cultura
Una conciencia crítica frente a la religión implica identificar los elementos que necesitan transformación. Esto, según varios pensadores, solo puede hacerse desde una hermenéutica de la experiencia religiosa, es decir, desde una interpretación de la experiencia, no desde una mera explicación de ella. Cualquier crítica a la religión exige un enfoque más amplio que el usado por Lakoff y Johnson, ya que la cuestión clave no es solo en qué medida la corporalidad determina las metáforas de la religión, sino cómo las metáforas seleccionadas por una tradición religiosa forman la experiencia corporal de las personas.
Mientras la primera cuestión es cognitiva, la segunda es cultural. Lakoff y Johnson admiten que la mente no es solo corporal, sino que también tiene una “historia” y una “cultura”, y no puede existir libre de ellas. Esta interacción entre lo cognitivo y lo cultural es fundamental para comprender la riqueza y diversidad de las expresiones religiosas.
Preguntas Frecuentes (FAQs)
¿La teoría de las metáforas de Lakoff y Johnson es la única forma de entender la religión?
No, la teoría de las metáforas conceptuales de Lakoff y Johnson es una herramienta poderosa y valiosa de las ciencias cognitivas para entender aspectos estructurales de la religión, especialmente cómo la corporalidad moldea nuestras concepciones abstractas. Sin embargo, el fenómeno religioso es multifacético y complejo, por lo que su comprensión completa requiere un diálogo interdisciplinar con la filosofía, la antropología, la psicología, la sociología y la teología.
¿Significa esto que las creencias religiosas son “falsas” si se basan en metáforas?
No necesariamente. Para Lakoff y Johnson, el pensamiento mismo es inherentemente metafórico, especialmente cuando se trata de conceptos abstractos. Las metáforas no son meras ornamentaciones del lenguaje, sino el mecanismo fundamental a través del cual construimos y comprendemos la realidad. Una creencia basada en una metáfora no es intrínsecamente falsa; su valor o veracidad puede depender de su funcionalidad, su coherencia dentro de un sistema de creencias o su capacidad para orientar la experiencia humana, más allá de una verificación empírica literal.
¿Cómo puede una metáfora “desorientar” el pensamiento religioso?
Una metáfora puede ser desorientadora si conduce a inferencias o prácticas que son perjudiciales, limitantes o que contradicen la evidencia de la experiencia humana de una manera que obstaculiza el bienestar. Por ejemplo, la metáfora de una “mente desencarnada” puede desorientar al llevar a una devaluación del cuerpo, del mundo material o de las conexiones empáticas con otros seres vivos, lo cual, según Lakoff y Johnson, va en contra de nuestra naturaleza encarnada y puede limitar el potencial de una espiritualidad plena.
¿Qué es una “espiritualidad encarnada”?
Una espiritualidad encarnada, según Lakoff y Johnson, es una forma de experiencia espiritual que reconoce y valora el cuerpo como una dimensión constitutiva y fundamental. Rechaza la idea de una mente o alma separada y superior al cuerpo. En su lugar, promueve una conexión empática con la naturaleza y los demás, donde la experiencia de lo divino o trascendente se encuentra en la interacción con el mundo y en la propia corporalidad, en lugar de buscarse en un ámbito ultramundano o desencarnado.
Conclusiones
El diálogo interdisciplinar entre las ciencias cognitivas y el estudio de la religión es no solo posible, sino profundamente necesario. La aproximación cognitiva, y en particular la teoría de las metáforas conceptuales de Lakoff y Johnson, ofrece un punto de interconexión crucial al abordar preguntas fundamentales sobre qué es el ser humano y cómo construimos significado. Esta perspectiva dota de forma y contenido a los estudios de la religión, proporcionando un fundamento teórico sólido y una metodología concreta para el estudio comparado de los discursos religiosos, al sugerir una dimensión cognitiva común a la especie humana que subyace a los modos de representación religiosa.
Sin embargo, como se ha tratado de mostrar, esta aproximación cognitiva, si bien es crucial, no capta todo el panorama del asunto. La experiencia religiosa es inmensamente diversa y compleja, lo que hace inapropiado evaluarla únicamente desde una teoría cognitiva. El diálogo con las teorías clásicas de la religión, así como con la reflexión hermenéutica y cultural, es igualmente fecundo y necesario. La propuesta de Lakoff y Johnson brinda la posibilidad de ampliar el horizonte de reflexión sobre el fenómeno religioso, contribuyendo no solo a su comprensión, sino también a su valoración crítica.
Al introducir la idea de una “gramática universal encarnada” vinculada a la configuración de ideas y símbolos religiosos, su teoría ofrece una herramienta poderosa para la labor comparativa. Esto, por supuesto, no resta importancia a la abrumadora diversidad de modos de apropiación de las metáforas en cada contexto cultural particular. En última instancia, el valor de este diálogo radica en llamar la atención sobre la primacía de la corporalidad en relación con la experiencia religiosa. Este diálogo, que puede tomar la forma de una “estética de la religión”, nos confronta con cuestiones donde los enfoques cognitivos revelan sus límites descriptivos y la reflexión hermenéutica, en el marco de los estudios de la religión, despliega sus posibilidades de contribución valorativa.
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