22/02/2014
En el vasto universo de la música latinoamericana, pocas figuras resplandecen con la intensidad y el compromiso de Alfredo Zitarrosa. Su nombre evoca no solo una voz grave y profunda, sino también una historia de resiliencia, arraigo y lucha. Más allá del artista, Zitarrosa fue un poeta, un periodista y, sobre todo, un narrador de su tiempo y de las almas de su pueblo. Este artículo desentraña las capas de su identidad, su inquebrantable compromiso social y cómo su propia vida se entrelazó indisolublemente con cada verso y cada nota, dejando una huella imborrable en el corazón de un continente.

La Voz del Pueblo: Más Allá de un Nombre
Alfredo Zitarrosa no fue solo un nombre artístico, sino el culmen de una serie de identidades que forjaron al hombre y al mito. Nacido el 10 de marzo de 1936 en Montevideo, su partida de vida fue registrada como Alfredo Iribarne, bajo el apellido de su madre biológica, Jesusa Blanca Nieve Iribarne. Sin embargo, las circunstancias de su infancia lo llevaron a ser criado por el matrimonio conformado por Carlos Durán y Doraisella Carbajal, quienes le dieron un nuevo hogar y un apodo cariñoso: Alfredo “Pocho” Durán. Durante años, esta fue la identidad que lo acompañó, marcando sus primeros pasos en los diversos barrios de la capital uruguaya y, crucialmente, en el entorno rural de Santiago Vázquez y Trinidad, donde forjó un vínculo inquebrantable con la tierra y sus sonidos.
Fue en su adolescencia cuando su madre biológica y su esposo, Alfredo Nicolás Zitarrosa, le otorgaron el apellido que el mundo entero llegaría a reconocer. Este cambio no fue meramente administrativo; simbolizó la consolidación de una identidad que, aunque compleja en sus orígenes, se proyectaría con singular fuerza. La transición de Pocho Durán a Alfredo Zitarrosa encapsula la rica y a veces dolorosa amalgama de experiencias que nutrieron su arte. Cada nombre, cada etapa, añadió una capa de profundidad a su sensibilidad, permitiéndole comprender y cantar las múltiples facetas de la existencia humana y la realidad de su país.
Para ilustrar esta evolución en su identidad, podemos observar la siguiente tabla:
| Identidad | Período/Contexto | Significado en su Vida |
|---|---|---|
| Alfredo Iribarne | Nacimiento (1936) | Su nombre de nacimiento, revelando sus orígenes biológicos. |
| Alfredo “Pocho” Durán | Infancia y primera juventud (hasta adolescencia) | Nombre adoptivo que lo conecta con su crianza, la vida rural y sus primeros afectos. |
| Alfredo Zitarrosa | Adolescencia en adelante (hasta su muerte) | El nombre que lo catapultó a la fama, dado por su padrastro, consolidando su identidad pública como artista. |
Un Legado Forjado en Melodías y Compromiso
La carrera artística de Zitarrosa es un testimonio de su versatilidad y de su profunda conexión con la cultura popular. Aunque comenzó en el periodismo y la radio, destacándose como locutor, recitador de poesía y guionista, su destino musical se sellaría a mediados de la década de 1960. Su debut como cantor profesional, forzado y casi fortuito, tuvo lugar el 20 de febrero de 1964 en Perú, en un programa de televisión. Este primer paso, motivado por la necesidad económica, le abrió las puertas a una trayectoria imparable.
Al regresar a Uruguay, tras una parada en Bolivia, su presencia en el Auditorio del SODRE en 1965 y su posterior invitación al Festival de Cosquín en Argentina en 1966, lo consolidaron rápidamente como una de las voces más singulares y potentes del canto popular latinoamericano. Su estilo era inconfundible: una voz grave y contenida, varonil, acompañada por el distintivo cuarteto de guitarras que se convertiría en su sello. Zitarrosa no solo interpretó, sino que rescató y revitalizó géneros como la milonga, el candombe y la zamba, dándoles una estética sobria y un lirismo cargado de contenido social, político y existencial. Su música era un espejo de la realidad, un grito de justicia y una caricia al alma de los desposeídos.
Su compromiso no se limitó a sus letras. Zitarrosa fue un militante activo de izquierda, un firme defensor de la justicia social, la democracia y los derechos humanos. Su adhesión al Frente Amplio y al Partido Comunista de Uruguay lo llevó a participar en innumerables actos políticos, convirtiendo su arte en una herramienta de cambio y resistencia. Esta militancia, tan arraigada en su ser, sería también la causa de uno de los períodos más difíciles de su vida.

El Exilio y el Regreso Triunfal: Un Símbolo de Resistencia
El golpe de Estado en Uruguay en 1973 marcó el inicio de un doloroso exilio para Zitarrosa. Sus canciones, cargadas de un mensaje de libertad y justicia, fueron prohibidas no solo en su país, sino también en Argentina y Chile, bajo las dictaduras que asolaban el Cono Sur. Vivió sucesivamente en Argentina, España y México, desde donde continuó su labor artística, aunque con la dificultad de no poder crear nuevas composiciones durante un tiempo. Este período fue de profunda introspección y resistencia, manteniendo viva la llama de su voz como un faro de esperanza para los exiliados y oprimidos.
En México, encontró un refugio y una plataforma para seguir difundiendo su mensaje, incluso con un programa semanal en Radio Educación. Realizó giras por Cuba, Venezuela, Perú, Australia y Estados Unidos, llevando consigo la voz de un Uruguay silenciado. La prohibición de su música fue un intento de acallar su mensaje, pero solo logró magnificar su figura, convirtiéndolo en un ícono de la resistencia cultural y política.
El levantamiento de la prohibición de su música en Argentina, tras la Guerra de Malvinas, le permitió regresar a Buenos Aires en 1983, donde ofreció tres recitales memorables en el Estadio Obras Sanitarias. Pero el momento cumbre de su regreso fue el 31 de marzo de 1984, cuando volvió a su Uruguay natal. Fue recibido por una multitud histórica, una movilización que él mismo describiría como “la experiencia más importante de mi vida”. Este retorno, en plena apertura democrática, no fue solo el regreso de un artista, sino el símbolo de la recuperación de la libertad para todo un pueblo, un reencuentro que resonaría en la memoria colectiva por siempre.
La Autobiografía en su Canto: Vida y Obra Entrelazadas
Lo que hace a la obra de Alfredo Zitarrosa tan conmovedora y universal es su profunda raíz autobiográfica. Sus canciones no eran meras composiciones; eran retazos de su vida, de sus dolores, sus amores y sus reflexiones más íntimas. Esta conexión visceral entre su existencia y su arte es palpable en temas que se han convertido en himnos.
En «Pájaro rival», por ejemplo, Zitarrosa parece intuir su propia mortalidad, una premonición que se cumpliría poco después de la grabación de la canción. Sus versos revelan una profunda reflexión existencial:
Por sanar de una herida
he gastado mi vida
pero igual la viví
y he llegado hasta aquí.
Por morir, por vivir,
porque la muerte es más fuerte que yo
canté y viví en cada copla
sangrada querida cantada
nacida y me fui...
Esta “herida” a la que alude no era solo la universalidad de la existencia, sino también las cicatrices de su propia historia personal, especialmente la relación con su padre biológico, Alfredo Nicolás Zitarrosa, quien lo negó y cuya sombra lo persiguió. En «Explicación de mi amor», aborda esta compleja relación con una sinceridad desgarradora:
Mi padre serás, como fuiste mi padre,
un gameto en la grieta cerrada del tiempo...
Mas mientras te busque en las cosas,
en tanto regreses sin que yo te llame o te olvide,
te pido que limpies mi amargo dolor;
por favor, que no sigas muriendo.
Su padre adoptivo, Carlos Durán, también ocupó un lugar central en su obra. La emblemática «Chamarrita de los milicos» es un homenaje a este hombre que, por necesidad, fue policía. Zitarrosa explica la génesis de esta canción como un tributo a la humildad y el orgullo vacilante de su padre, un “milico” que cargaba con el peso de su oficio en una casa humilde:
Chamarrita cuartelera,
no te olvides que hay gente afuera,
cuando cantes pa’ los milicos,
no te olvides que no son ricos,
y el orgullo que no te sobre,
no te olvides que hay otros pobres.
La infancia de Zitarrosa en el campo, durante sus veranos en Trinidad, departamento de Flores, fue una fuente inagotable de inspiración. Allí aprendió las tareas rurales, a montar a caballo, a ordeñar, y a observar la vida con la perspicacia de un poeta. Esta experiencia impregnó su personalidad y su música, como se evidencia en milongas como «Mi tierra en invierno», donde describe con detalle el quehacer rural: desde el cuidado del caballo (“…y aunque el caballo esté sano, lo cuida de la garganta que, aunque el caballo no canta, lo ha de tener siempre a mano”) hasta las tareas con el ganado y las plagas.

Finalmente, su juventud en Montevideo, marcada por la bohemia y la vida en el Barrio Sur, frente a la plaza y el cementerio, dejó una huella indeleble. Este barrio de candombe, carnaval y gente humilde, moldeó su sensibilidad. Su temprana obsesión por aparentar más edad, incluso usando lentes sin necesidad, es un detalle revelador de su personalidad. Esta etapa se refleja en «Coplas del canto», donde desafía la muerte desde su ventana:
De tanto vivir frente
del cementerio
no me asusta la muerte
ni su misterio.
Y años después, en el conmovedor «Candombe del olvido», evoca ese tiempo con una melancolía profunda, conectando los sonidos del candombe con la memoria y el paso del tiempo, una reflexión sobre lo que queda y lo que se desvanece:
Ya no recuerdo el jardín de la casa,
ya nadie me espera en la plaza.
Suaves candombes, silencios y nombres
de otros; se cambian los rostros.
Quién me dará nuevamente mi voz inocente,
mi cara con lentes.
Cómo podré recoger las palabras habladas,
sus almas heladas.
Qué duros tiempos, el ángel ha muerto,
los barcos dejaron el puerto.
La obra de Zitarrosa, con éxitos como «Doña Soledad», «Pa'l que se va», «Adagio en mi país» y «Zamba por vos», es un tejido de estas experiencias, transformadas en poesía y melodía. Fue galardonado con el Premio Municipal de Poesía en 1959 por su libro "Explicaciones", aunque nunca quiso publicarlo, y su libro de cuentos "Por si el recuerdo" vio la luz en 1988.
Preguntas Frecuentes sobre Alfredo Zitarrosa
¿Qué le pasó a Alfredo Zitarrosa?
Alfredo Zitarrosa falleció a los 52 años, en la madrugada del 17 de enero de 1989, en Montevideo. La causa de su muerte fue una peritonitis derivada de un infarto mesentérico. Su partida prematura dejó un vacío inmenso en la música popular latinoamericana, pero su legado artístico y ético continuó resonando con fuerza. A pesar de su relativamente corta vida, Zitarrosa grabó aproximadamente cuarenta discos de larga duración, recibió innumerables distinciones y premios, y se mantuvo activo en su compromiso político hasta el final. Su muerte fue un evento de gran impacto para Uruguay y la región, marcando el fin de una era pero consolidando su figura como un eterno referente de la canción comprometida.
¿Dónde está la tumba de Zitarrosa?
La “tumba” o, mejor dicho, el repositorio del legado de Alfredo Zitarrosa no es un mausoleo tradicional, sino un espacio vivo de memoria y estudio. Sus restos físicos descansan en el Cementerio Central de Montevideo. Sin embargo, una parte invaluable de su vida y obra, su “alma” artística, se encuentra resguardada en el subsuelo del Teatro Solís de Montevideo. Allí, el Centro de Investigación, Documentación y Difusión de las Artes Escénicas custodia unas cien cajas que contienen un tesoro: grabaciones de ensayos, conversaciones, partituras, cartas a amigos, programas de mano, afiches, libros esotéricos, fotos, discos de oro, sus trajes, valijas, su escritorio e incluso su tucán embalsamado. Este material, cedido por su familia, estaba deteriorándose y fue rescatado para su preservación, clasificación, digitalización y difusión al público, permitiendo que las nuevas generaciones puedan acercarse a la esencia de Zitarrosa y su impacto cultural. Es, en esencia, un archivo vivo de su memoria, donde su legado sigue respirando.
¿Dónde murió Zitarrosa?
Alfredo Zitarrosa falleció en su ciudad natal, Montevideo, Uruguay, el 17 de enero de 1989. Había regresado a su país el 31 de marzo de 1984, tras años de exilio forzado por la dictadura militar. Su regreso fue un acontecimiento multitudinario y emotivo, un símbolo de la restauración democrática y un reencuentro largamente esperado con su gente. Los últimos años de su vida los vivió en Montevideo, continuando con su labor artística y consolidando aún más su figura como un pilar de la identidad uruguaya. La Sala Zitarrosa, un importante espacio cultural en Montevideo, lleva su nombre y es un constante homenaje a su vida y obra, albergando exposiciones como la de su guitarra “La Contreras”, utilizada en sus años de exilio y hasta su fallecimiento en la capital uruguaya.
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